LA CUEVA ( Relatos: Los Sueños de Gaia )

desierto2En un punto desconocido del planeta Tierra.

El paisaje es desértico. Donde antes habían crecido los árboles y las plantas, sólo se observa la desolación de un suelo estéril y amarillento. Hace años que los tres afluentes del agua de la vida fueron contaminados y desecados. No hay ni una brizna de hierba, no hay árboles, ni restos secos de vegetales visibles donde pueda buscar refugio un pájaro perdido. Nada queda de la esencia vital de otras épocas. Todo se ha convertido en polvo. No se oye otro sonido que el viento jugando con las piedras y la arena. No hay más vida que la luz del ocaso.

Pero hace siglos, peregrinos y pastores habían dejado su paso marcado en aquellas resecas tierras. Multitud de manos desconocidas habían depositado como ofrendas pequeñas piedras redondas, formando montículos de huevos fosilizados al borde de antiguos caminos. Quizás por ello, ahora el paisaje sólo sabe de rocas y minerales. O quizás no.

Detrás de varios pilares caídos, que hace miles de años debieron conformar un dolmen sagrado, aparece de repente una loba de espeso pelaje blanco. Un esbelto y bello ejemplar que aún no ha entrado en su primer celo. La joven bestia avanza decidida, husmea el suelo buscando leves señales de frescor y humedad que le indiquen el camino correcto. Tiene el presentimiento que su meta debe estar cerca. Sabe que su compañera de viaje esta malherida y necesita el agua de la vida urgentemente.

La enorme osa que le acompaña, roja de sangre a causa de la gran herida abierta en la cabeza, apenas puede mantenerse en pie, hundiéndose en la arena a cada paso. La blanca loba lame la sangre caída en el suelo en un intento de no dejar ningún rastro y anima a la gran osa a seguir, tirando de ella con suaves y amistosos mordiscos.

El monolito, una enorme roca de granito de unos 12 metros de altura, surge de repente en la arena, formando a su alrededor un minúsculo oasis de arbustos espinosos. Entre la resquebrajada piedra nace una fuente de agua que se transforma en un breve riachuelo de aguas cristalinas. Aguas que desaparecen demasiado pronto, engullidas por la tierra sedienta, formando un terreno encharcado de arcilla. Hacia allí se dirigen la loba y la osa.

Mientras la loba se reboza juguetona en el lodo, la osa se hunde por su propio peso, quedando sumergida rápidamente. Las pocas energías que le quedan las usa para abrirse el paso hacia los destellos luminosos que ve a través de sus ojos cerrados. Pronto sus zarpas tocan la cálida piedra y sabe que ha encontrado la entrada al más íntimo de los santuarios. El lugar donde Gaia, la Gran Madre descansa.
Una estrecha abertura se va abriendo a un corredor más amplio y acaba desembocando en una enorme sala circular abovedada. Del techo cuelgan estalactitas de todos los tamaños y formas. En el suelo algunas serpientes se deslizan sigilosamente, apartándose con respeto del camino de la osa, identificando en el animal al tótem de la diosa.

A lo largo del pasillo hay varios montículos de piedras redondeadas y figuritas de la Madre. Algunas de perfecto acabado y calidad, con sus órganos sexuales representados con exageración. Están talladas en todos los materiales posible, las hay usando la piedra más simple, las hay de marfil o hueso, de bronce u otros metales más nobles y también las hay modeladas con arcilla o cera. A las abundantes estatuillas femeninas, se le suman toscas figuritas de animales y restos de objetos de barro decorados con espirales
La osa huele y saborea la miel de las antiguas jarras depositadas en un rincón; añejas ofrendas votivas que los peregrinos traían al santuario. El contenido de una jarra rota es prontamente vaciado con glotonería. El dulce alimento da nuevo vigor al malherido animal.

En el centro de la cueva destaca una enorme estalactita de cristal de roca trasparente, cuya brillantez ilumina pálidamente el interior de la caverna con alargadas sombras de luz rosadas. En el interior del cristal de cuarzo está incrustada una figura humana, desnuda. Toda ella irradia energía y fuerza. Tanto la piel como el largo cabello trenzado están teñidos de ocre rojo. Los exuberantes pechos y las pronunciadas curvas de las caderas delatan el sexo femenino. La hembra está en posición fetal. Sin embargo, está viva porque se observan pequeños movimientos en sus ojos cerrados, cual si estuviera dormida y, lentamente, va variando de posición siguiendo el ritmo del sueño que la domina. El receptáculo natural de cristal se adapta a las posturas de cuerpo de la mujer, como un feto sumergido en la cálida bolsa, dentro la matriz materna.

La osa se detiene a lamer la gotas de agua que resbalan de la enorme piedra transparente, luego se restriega en ella, manchando el suelo con su propia sangre que es rápidamente absorbida por la roja arcilla. El agua de las puntas de la gran estalactita cae sobre la osa, gota a gota, limpiando la sangre de las heridas, cortando la hemorragia, facilitando la regeneración de los tejidos. Finalmente el animal se queda dormido. Lo último que oye es el aullido lastimero de la loba que ha intentado en vano sumergirse en la charca.

En el exterior, la oscuridad ha sustituido de repente el crepúsculo. El espíritu de la loba se ha quedado solo, inquieto. La joven loba intuye como la osa se ha contagiado del sueño reparador que inunda la cueva. El Triskel ha iniciado una nueva espiral en el tiempo.
Ella, aunque sea el espíritu-guía de la señora del laberinto, es demasiado joven; apenas domina con su energía la magia de los círculos. Sabe que, con la primera vuelta que representa la primera esfera del trískel, se entregó el cuerpo físico de la madre y la fertilidad de la Tierra. Al efectuar la segunda vuelta, se ha entregado la conciencia, la energía de la mente y, con este giro, traza la segunda esfera del trískel, es decir, la entrega de las ideas, los pensamientos y todo cuanto podría haber pasado en el tiempo futuro si las ideas se hubieran convertido en planes para liberar el cuerpo. Finalmente, si hay una tercera vuelta, que equivale a la tercera esfera sagrada del trískel, la entrega será el alma. Será el todo. Será entregar la esperanza de lo imposible, el sueño de un milagro inimaginable. Será el fin. La tercera vuelta no debe darse.

La inexperiencia de la joven loba es la peor baza para sobrevivir al reto de supervivencia y aprendizaje que se le va a presentar a partir de ahora. Siente en su corazón que ha sido abandonada.
La luz de la luna ilumina la noche. A su lado Sirio, la estrella del perro, deslumbra sin la competencia luminosa de la Gran Osa que ha desaparecido del firmamento. Entonces, la loba empieza a aullar el antiguo canto de los lobos ante la pérdida del ser querido. La plegaria se dirige a Hécate, la Madre Primigenia, la Madre de la Madre, que en la distancia de los cielos sólo puede concederle el don del consuelo de las lágrimas.
Dirige su canción hacia la anciana diosa que no interfiere en los acontecimientos de los hombres desde hace milenios y que sólo se deja ver en la oscuridad de la noche, mostrando desnudo el circulo de su espíritu luminoso en el cielo para que las almas vivientes no olviden que ella había estado en toda su plenitud residiendo en la tierra en cuerpo, mente y alma.

La luna menguante la está escuchando. La Abuela de la triada de diosas madres no ha perdido detalle de lo sucedido. Hécate, la Madre Primigenia, la diosa negra cuya historia se remonta al pasado más lejano, a tiempos remotos anteriores al cultivo de la tierra y a la construcción de las ciudades cuando los hombres eran nómadas.
Hécate era la única Madre Venerada por los cazadores y los pastores como señora de los animales y las tierras salvajes. La encarnación de la progenitora de todo lo que existe en la superficie terrestre. La diosa paleolítica. La primera sacerdotisa en poseer el Núcleo Ctónico, el Numen Sagrado de la Tierra. La dueña de la Rueda de la que salió el primer Triskel Sagrado. La hechicera implacable dueña del caldero mágico. La señora de los mil siglos.

La vieja diosa recuerda cuando renunció al don de la fertilidad y abandonó hacer planes con su mente. La Madre Primigenia dejó de ser la Gran Madre para pasar el legado de la Tierra a su hija Gea, la de los anchos pechos. Gea, a la que los hombres civilizados llaman en la desesperación de la consecuencia de sus actos, Gaia. Gaia, la maltratada y siempre benefactora de esos humanos tan mal agradecidos.

El poder de su hija surgió del caos de la gran extinción que provocó Marte. Marte es uno de los cinco planetas visibles a simple vista en el cielo. Debido a su color rojo es fácil de distinguir. El primer numen celestial de Marte sobrevoló la Tierra en forma de cabeza de dragón llameante hace alrededor de 12.900 años y exploto finalmente en Canadá. La cola del dragón cayó pocas horas después en México. Fue lo que hoy la ciencia define como una lluvia de meteoritos.

Los impactos cósmicos provocaron un cambio climático repentino. Primero hubo un fuerte calentamiento durante días por la energía del choque que fundió la superficie de las rocas y fue la causa de grandes incendios forestales generalizados en todo el continente. Luego un fuerte enfriamiento durante meses debido al polvo y las cenizas de la biomasa que quedaron flotando en la atmósfera tapando la luz solar. Hubo otros impactos en otras zonas del planeta durante los siguientes siglos con lo que el poder del numen de Marte fue aumentando mientras las criaturas de la Tierra agonizaban entre desastres naturales y cambios climáticos. Todos los humanos de América sucumbieron. Los maremotos inundaron las partes costeras de la Tierra exterminando todo a su paso. Sólo el Mar Mediterráneo marco la diferencia hacia lo que parecía el fin de la humanidad.

La Tierra llevaba 100.000 años padeciendo una etapa glacial. La mayoría de pueblos habitaban las costas, donde las temperaturas eran más benignas. Los hombres habían sobrevivido siguiendo los grandes rebaños salvajes en las breves épocas anuales de bonanza, aunando esfuerzos para obtener grandes piezas de caza con que sobrevivir a los largos inviernos. El desastre provocado por el Dragón Rojo dejo a los enormes herbívoros, como los mamuts y los mastodontes, sin prácticamente alimento y provocó la extinción de los grandes rebaños lo que llevó a los seres humanos a dejar de ser cazadores que seguían las manadas de marera itinerante, pues las presas eran cada vez más escasas.
La población humana se vio reducida al límite a causa de la hambruna. Los supervivientes subsistieron como recolectores de cereales silvestres, raíces, bayas y caza menor. La diosa Hécate les enseñó cómo domesticar al lobo, convirtiendo al perro en un auxiliar fundamental para la caza menor. Pero no fue suficiente. Los más débiles, niños y mujeres embarazadas, no soportaban la dureza de aquel nuevo nomadismo errático en un deambular constante en busca de comida.

Fue la juventud de su hija, la energía vital de Gaia, la que transformó poco a poco las anormalidades provocadas por los impactos extraterrestres en beneficio del hombre. Consiguió reajustar el planeta usando el fuego cósmico contra el hielo. Con ello propició la desglaciación y una larga primavera para la humanidad. Los inviernos despiadados desaparecieron.

Gaia transmitió parte de su Numen Sagrado a nuevas sacerdotisas y les enseño la agricultura y la domesticación de los animales en la zona más resguardada del desastre, en el Mediterráneo. La humanidad renació y se extendió de nuevo por la Tierra, transmitiendo los nuevos conocimientos.
La diosa madre del paleolítico decidió a partir de entonces ser una mera espectadora de los actos de su descendencia. El dolor de la imprescindible renuncia fue superado cuando vio que su sacrificio era el mayor regalo de amor y confianza que podía otorgarle a Gea, la Gran Madre del neolítico.

Fue Marte otra vez quien provocó el desastre. El dios sólo poseía poder suficiente como para influir en la vida de los humanos. Había estado inspirando la rivalidad entre los hombres y los pueblos con más o menos éxito, pero hace 3.500 años, la caída del cielo de otro dragón cósmico en China, restableció toda su energía. Ahora con su numen reforzado podía adoptar cualquier forma viviente y pasar a la acción. Se transformó en un gigante guerrero al que los pueblos primitivos de Anatolia y Mesopotamia llamaron Teshub.
Teshub enseñó al pueblo de los hititas a forjar armas con el hierro de los viejos núcleos con que Marte había llegado al planeta azul, les mostró como a fundir el hierro y combinarlo con carbón para producir acero. Con ello inició la Edad de Hierro que estuvo marcada por la más bárbara de las atrocidades. La crueldad se convirtió en virtud y la violencia en un modo de vida. Los hititas se convirtieron en el primer gran imperio guerrero y patriarcal.

Los imperios nacían y se enfrentaban unos contra los otros. Asia y el Mediterráneo estaban en llamas. El Dragón Rojo manipulaba los corazones de los pueblos, unos contra otros, inspirándoles sed de sangre y venganza. Marte servía a todos los bandos adoptando diferentes formas corporales que eran pronto divinizadas por los hombres. Las guerras violentas e irracionales se sucedían.
Los déspotas soberanos dejaron de lado a la diosa Madre dadora de vida y pasaron adorar al dios de la guerra que les hizo creer que iba a convertirlos en héroes inmortales. Los sacerdotes de la nueva religión guerrera y los poetas dieron bases mitológicas a las numerosas divinidades celestiales que iban surgiendo. Miles de prisioneros enemigos fueron inmolados a los falsos dioses que Marte inspiró a los hombres. Las mujeres y sacerdotisas de la Gran Madre que se negaron a ser subordinadas y sometidas fueron perseguidas y aniquiladas.

Cuando las portadoras del círculo de la diosa fueron desapareciendo de la faz del planeta, la naturaleza corporal de Gaia entró en las profundidades de la gruta sagrada buscando la renuncia a su propio Yo. No ha vuelto a salir desde entonces y se cerró el primer círculo. Ahora el segundo circulo, el animal sagrado de la fértil diosa, la Gran Osa, el tótem espiritual que transmitía la energía de la divinidad, se ha reunido con la encarnación de la Madre, uniéndose la energía física y mental en la gran espiral de las entrañas de la tierra.
La Madre Primigenia entiende el dolor de la Magna Mater. Los años la han hecho sabia. Sabe más la bruja por vieja que por bruja, no en vano la llamaban los primeros humanos la Gran Hechicera. Se dirigían a ella con el respeto que ser vieja significaba: tener la sabiduría, la bondad y la generosidad que sólo da la experiencia del paso del tiempo. Por eso ella, como señora de la rueda de la perennidad, sabe que todos los ciclos vuelven a empezar. Ahora mismo está viendo regenerarse de forma natural el eterno equilibrio de fuerzas del planeta.

¿Se le va a dar una nueva oportunidad al tiempo futuro? Queda la posibilidad de lo imposible, el milagro. El alma de Gaia, aún no se ha rendido. La energía cósmica de la gran espiral está intentándolo. Reequilibrándose en todo el planeta. Pero las leyes de la creación son inamovibles, incluso para los dioses, incluso para Gaia
La vieja diosa ahora se arrepiente de haber renunciado a su antiguo tótem-mensajero. Podría haber enviado al señor de las cuervos con su espíritu a avisar a la joven abandonada. Advertirla de lo que iba a suceder, pero hace mucho tiempo que ella también abandonó a su propia hija a su destino. Demasiado quizás. Hace muchos, muchos milenios decidió que su relación con los humanos debía ser más como inspiración para la acción vital que como refugio.
La loba, el espíritu de la joven doncella, deberá soportar la soledad del desierto. Estará sola hasta que los ángeles caídos noten su vulnerable presencia. Entonces la blanca loba añorara la soledad perdida. La joven tiene la fuerza de la primavera. De ella se esperan que nazcan nuevos frutos. En la hija de Gaia están puestas las esperanzas.
La Anciana desea que nadie intente robarle la herencia a su nieta. Si eso llegara a ocurrir, dejará de lado su eterna indiferencia y mostrará de nuevo a los extraños cuál es su auténtico poder como Señora de la Luna Oscura. Lamentarán haber sacado de su guarida a la temible Perra Negra de Ares, la diosa de los juramentos terribles.

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RESUMEN Capitulo 1

1. LA TORMENTA: En Girona, el coche donde viaja la familia Gaya cae al río a causa de una tormenta. Susa encuentra el cuerpo de su madre inconsciente. Pasan el resto de la noche juntas hasta que son rescatadas. Su padre Jordi y su hermano Javier han desaparecido. En el Hotel Mas Gaya, reciben la noticia del trágico accidente.

2. LA CUEVA: En un sueño, una osa herida y una loba caminan por el desierto en busca de refugio. El espíritu de Hécate, la Madre Primigenia, observa lo que sucede desde el cielo nocturno.

3. ROMA: En Los Abruzos, donde reside Anna Perenna, ha habido un terremoto. En Roma, su ahijada Silvia Albalonga acaba de despedirse de su amante Diana Mari. Su marido Aldo Abraxas regresa esta tarde de un viaje de negocios a Estados Unidos y México en el avión privado de la familia. Silvia está nerviosa, pendiente del teléfono.

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3 comentarios en “LA CUEVA ( Relatos: Los Sueños de Gaia )

  1. Osa. Es un animal totem de gran poder en los viejos mitos
    Nos proporciona el poder de la Introspección.
    Los osos hibernan en el invierno, le da la capacidad de “soñar” o la introspección. La cueva del Oso simboliza el regreso al vientre de la Madre Tierra. También sugiere un fuerte aspecto femenino, de nutrición y protección. Los oseznos, que nacen en la primavera, pueden quedarse hasta siete años con su madre antes de alcanzar la madurez. La Osa cuida y protege tiernamente de su progenie.
    La medicina de la Osa es:
    La autosuficiencia, aprender a caminar tu sendero por ti mismo.

    Loba. La sabiduría del lobo nos invita a explorar, caminar entre mundos. Abre a la conciencia el contenido del inconsciente.
    La loba es una guardiana por excelencia, una madre atenta y vigilante dispuesta a proteger y defender a su familia. Es la Gran Maestra. la Diosa persigue sin piedad al niño y aunque esto nos recuerda la capacidad del lobo de seguir a su presa incansablemente, el mensaje oculto es otro: Si dejamos de huir de las imágenes y los sueños que vienen del inconsciente, la loba se convierte en La Maestra.

    Un saludo

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  2. El planteamiento de la historia es muy bueno, el transfondo perfecto, sin embargo a mi entender falla bastante en cuanto a la forma de narrarlo. Veo varios errores que querría compartir:
    -La narración es caótica, si no has leido con anterioridad la sinopsis vas a estar completamente perdido.
    -Das por supuesto que el lector tiene conocimientos de mitología, de no tenerlos estará leyendo parrafos inconexos o no entenderá al menos en este primer capitulo gran parte de la historia.
    -El primer capitulo siempre tiene que presentar la acción y los personajes de forma que se plantee la ambientación y el lector se situe. Si, das a entender el conflicto entre Gaia y Ares, pero en esencia el primer capitulo solo habla de la loba, la osa y la entrada en la cueva.

    Supongo que eres una escritora joven y esta será una de tus primeras historias, por lo que no te tomes a mal mi “critica”. Pero si te planteas publicar tus textos en un circulo mas amplio que el de amigos y conocidos debes pulir bastante tu técnica, expresión y ritmo.
    Sigue trabajando en ello, tienes muy buen material, solo debes aprender a sacarle todo el partido.

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