ANNA PERENNA 1 (Los Sueños de Gaia – Relatos)

DIOSAROMA, ITALIA

Anna Perenna

Anna Perenna, la dama de las aguas, ha permanecido horas enterrada por los escombros hasta que la han rescatado, demacrada y deshidratada en medio de un charco de sangre. No tiene ninguna herida visible y, según los médicos, las pruebas que le han hecho sólo muestran una grave deshidración que ha afectado minimamente al corazón y otros órganos internos. Dudan de su recuperación a causa de su avanzada edad, sin embargo desconocen la naturaleza sobrenatural de la reina de las ninfas. Anna oficialmente nacio en 1904. Pero nadie creeria que tenga mas de 3.000 años. Anna Perenna es la más anciana de las sacerdotisas de la Madre y ha sobrevivido a peores infortunios que éste terremoto. Silvia, su ahijada la observa en la cama del hospital. La anciana le ha dicho que su final se acerca y quiere confesarle como ha llegado a ser quien es y transmitirle la herencia que a Silvia le corresponde como matriarca de Albalonga.

La astuta vieja le ha cogido cariñosamente la mano para iniciar su historia. Cogida de sorpresa por la poderosa mano, Silvia, forzada, sin posibilidades de evitar el esfuerzo que hace su abuela, ha escuchado en silencio la historia que Anna Perenna ha empezado a relatar.

En mi primera infancia, mi familia me llamaban Anna, que significa “por encima de todas”. Mi padre era el Baal, el rey sacerdote de Tiro, la mayor ciudad estado del pueblo fenicio. En una ocasión le pregunté por encima de quién estaba yo, si era la más pequeña de sus hijos. Entonces, me contó que la vieja diosa se le apareció en sueños y le había dicho que yo estaría por encima de todas los demás nobles doncellas, príncipes y princesas de Tiro.

No conocí a mi madre sino muchos años después. Durante mi infancia en palacio, únicamente supe que era la misteriosa Tanit, la sacerdotisa errante de las tierras salvajes. Había coincidido con mi padre en la última de sus épicas aventuras. Mi hermana Dido me contó que cuando mi padre regresó conmigo a Tiro, yo era un bebé de pocos meses que me agarraba con fuerza a su espalda envuelta en una piel de león. Costó horas que Astarte me pudiera separar de él.

El Baal Muto nunca quiso hablar de mi progenitora, ni que se pronunciara el nombre de Tanit en su presencia. Fueron los comentarios de los guerreros que le acompañaban por los que se supo de mi origen y parentesco. Mi padre no volvió a embarcarse ni salió nunca más de la ciudad amurallada de Tiro.

De entre todos mis hermanos y hermanas, yo adoraba a Elisa. Dido era como llamaba en mis balbuceos infantiles a la que seria la legendaria reina y fundadora de Cartago. Elisa era la heredera de la corona junto a su hermano gemelo Pigmalión, pues eran los hijos legítimos de la esposa real del Baal Muto.

El poder de mi padre no era absoluto porque existía el Consejo de Ancianos con el que debía compartir sus decisiones. Este consejo estaba compuesto por 100 miembros de ricos mercaderes, descendientes de los padres fundadores de Tiro. Su función era asesorar a mi padre en cuestiones de política y economía.
La cultura fenicia es sumamente vieja, tanto como los inicios de Sumeria o de Egipto. El pueblo fenicio nunca constituyó un estado unificado, sino que estuvo integrado por ciudades-estados independientes entre sí y en ocasiones enfrentadas. En caso de un enemigo común solían unirse en una confederación. En determinadas épocas, algunas de las ciudades lograban tener la hegemonía, sin que desaparecieran las demás.

La ciudad fortificada de Tiro era inexpugnable para nuestros enemigos. Había sido fundada por los sidonios en lucha contra los israelitas de Ascalón un año antes del saqueo de Troya. Tiro estaba asentada sobre una isla rocosa en la costa oriental del Mar Mediterráneo, al norte de Palestina. Era una ciudad super poblada de comerciantes y marinos donde el puerto, con su muro rompeolas, era el foco de la principal actividad: el comercio marítimo. Sus habitantes siempre estaban en movimiento sobre ligeras barcazas que aprovechaban la fuerza del viento por medio de velas rectangulares, transportando mercancías de un lugar a otro del Mediterráneo. Generalmente navegaban de día siguiendo el litoral; durante la noche usaban tablas de distancia o se guiaban por las estrellas. Si había niebla, el rumbo lo marcaban palomas amaestradas.

La púrpura era nuestro bien mas preciado. Fue Melkark, el tío de mi padre, quien descubrió esta anilina de un molusco llamado murex cuando era niño. Las telas teñidas de púrpura eran intercambiadas a nuestros vecinos a través del trueque por materias primas. Así obteníamos los más variados productos, principalmente lingotes de metal que nuestros artesanos transformaban en magnificas manufacturas: frascos de vidrio para ungüentos, alhajas, amuletos, armas y otros utensilios domésticos que eran, a su vez, nuevos objetos de comercio.

En Tiro nos dedicábamos principalmente a la construcción y a la exportación de barcos a otros reinos. La madera de los bosques de nuestras montañas era nuestra principal riqueza. Construíamos buques con las maderas más resistentes para la navegación procedentes de nuestros bosques, como el cedro, el pino, el encino y el ciprés. Una de las naves más solicitados por nuestros vecinos era el gauloi, que medía entre 20 y 30 metros de largo y siete de ancho, con la popa en forma de cola de pescado y la proa en forma de cabeza de caballo. También nos dedicábamos a la agricultura y a la ganadería, pero sólo para el sustento de la ciudad. En la costa, las montañas dejaban poco espacio para el cultivo pero la franja de tierra litoral era sumamente fértil, y este terreno se convirtió en la prolongación continental de Tiro. La propiedad de las tierras de cultivo pertenecían al Templo de Astarte. Los productos agrícolas como cereales, trigo y cebada, hortalizas y frutales se intercambiaban en el mercado del santuario..

A muy temprana edad, con sólo tres años, la gran sacerdotisa Astarte vislumbró en mi interior la posible presencia de la Diosa. A los cinco años me separaron de mi familia. Tuve que dejar las comodidades de palacio y pasé a vivir en el templo de la Gran Madre junto a otras doncellas. Me cortaron el pelo y tatuaron el símbolo de la luna creciente en mi frente. Cosieron mis labios vaginales tras las oportunas comprobaciones de mi inocencia.
En una ceremonia iniciativa, me rebautizaron como Anath que significaba “la que nutre”. Estos cambios de nombre, siempre con el prefijo o sufijo –ana, fueron constantes en mi dilatada vida. Asi que me convirtieron en “la que nutre por encima de todas” y esta era mi función diaria, servir la torta sagrada del templo a todos los hambrientos visitantes y peregrinos.

Astarte, como encarnación de la Diosa Madre, tenía seguidores en todo el Mediterráneo pues era poseedora de un gran Numen, que le daba poderes sobre la naturaleza y el clima. El Numen Sagrado o Núcleo Ctónico era un catalizador de la energía vital de la Tierra y al mismo tiempo la percepción y el conocimiento que tenia la Diosa sobre su propio Yo. El Numen era la presencia en la sacerdotisa del alma viviente de la Madre Tierra que ÉL le había otorgado al crearla. ÉL, el Altísimo, el Dios Supremo, el Creador, el bueno, el misericordioso, el compasivo. ÉL es el Único Dios. La Autentica Divinidad pues todos los demás seres, animales, hombres y dioses, incluida la Madre Tierra, somos sus hijos. De ÉL, de su generosidad, de su amor, proviene la chispa divina, el núcleo primigenio, el Pneuma que da conciencia de existencia y libre albedrío a todos los seres vivos.

Astarte era la Señora del Mar, capaz de controlar el viento a favor o en contra gracias al Núcleo Ctónico que la unía a la Diosa, lo que la convertía en la protectora de los navegantes de nuestro pueblo. Además tenia el poder sobre la sequía y las lluvias, con lo que controlaba la época de siembra y recolección. Era, como sacerdotisa suprema, quien dirigía los ritos de fertilidad de las mujeres y garantizaba la protección de la diosa a los recién nacidos.

Dábamos máxima importancia al hecho de la procreación y cuidados post-natales, debido al alto índice de mortalidad infantil. Una mujer fenicia tenía una media de 6-8 hijos durante su periodo fértil, muchos de los cuales no sobrevivían los dos años. Las familias se formaban con una pareja. Solo los nobles podían tener alguna concubina, pero no era lo habitual. La patria potestad de los hijos era en primer lugar de la madre, pero si esta moría, los hijos eran responsabilidad del hermano de la madre fallecida. Esto era un modo de asegurar una consanguinidad cierta con el tutor de los hijos.

Las doncellas menores del Templo de Tiro éramos seis. Debíamos ser vírgenes, de noble cuna y de gran belleza. Oficiábamos los ritos de agradecimiento a la Madre Tierra y podíamos aplacar sus fuerzas naturales a partir de plegarias, música, bailes sagrados y ofrendas.
Las sacerdotisas valorábamos los elementos de la naturaleza: viento, lluvia, estrellas, comportamiento de los animales, etc., admitiendo su implicación en relación a la abundancia de la próxima cosecha en coincidencia con las diferentes etapas por las que pasaba la vegetación: germinación de semillas, floración de las plantas, fructificación de las flores,…

El servicio a la diosa duraba veinte años, diez de los cuales estaban dedicados al aprendizaje y diez al servicio, generalmente en el mismo templo. Durante estos veinte años debíamos conservar la virginidad, solo podíamos vestir de blanco y velos de púrpura, ambos colores signos de pureza. Nuestras joyas eran de plata y las mas valiosas piedras preciosas. Éramos la fruta prohibida para todos los hombres. Se nos adiestraba en todas las artes eróticas que podían excitar la lujuria masculina en los ritos de fecundidad, sin embargo nuestra virginidad era la joya más preservada en la ceremonia y eran las afroditas quienes concluían los rituales. Había pena de muerte espantosa para quienes violentasen nuestra sagrada pureza. Perder la castidad para nosotras también significaba el fin, pues no había otra salida digna que el suicidio, ya que si dejábamos de ser vírgenes éramos repudiadas públicamente del Templo y rechazadas por nuestras familias.

En el santuario de la Diosa Madre acudían las mujeres casaderas y las casadas sin hijos a ofrecer sus servicios en los rituales de fertilidad bajo el nombre de afroditas. La cópula, al igual que los cantos, los bailes y los sacrificios de animales eran actos de veneración a la Madre. Los ingresos por tales quehaceres iban a las arcas sagradas del templo.

A las doncellas también se nos preparaba para combatir las enfermedades o heridas del cuerpo y alma. El santuario era un lugar de sanación, donde los ritos de purificación obraban muchas curaciones. Sin embargo, a veces, la muerte era inevitable. Al templo acudían a morir los ancianos, los enfermos y los esclavos abandonados por sus familias y dueños porque al entrar en el recinto, todos los hombres y mujeres eran iguales. Entonces, se ayudaba al moribundo para que el transito por el inframundo fuera lo menos doloroso posible a base de hierbas y drogas que combatían el sufrimiento como se hace hoy en día. Además, un enfermo podía dar fin a su vida ofreciéndose como sacrificio en el altar, pidiendo volver voluntariamente al seno de la Diosa Madre. Una forma de eutanasia comprensiva, aunque no bien aceptada por los seguidores de ÉL y Yahvéh.

Las épocas de hambruna o guerra eran cíclicas en nuestra ciudad y conllevaba, con la pobreza, muchos niños huérfanos. Era habitual que la gente abandonara o asesinara a niños sanos, especialmente niñas, por diferentes factores. A veces, sólo tensiones referentes a la división del patrimonio familiar o la duda sobre la posible paternidad era suficiente para justificar el abandono de un hijo en las familias nobles. El infanticidio se justificaba políticamente para alcanzar metas económicas, regular el crecimiento de la población y evitar el desorden social.

Estatuilla atribuida al dios Melkart
encontrada en Sancti Petri, Museo de Cádiz
Sin embargo, Astarte, en nombre de la diosa, podía ratificar los orígenes de un niño y exigir que se cumplieran sus derechos de linaje como ocurrió con Melkark, hermano gemelo de mi abuelo Ificles, cuando el rey Damaros, su progenitor, le repudio recién nacido.

Melkark había surgido flotando sobre las olas cuando su madre Alcmena, una princesa micénica, se bañaba en la playa de Tiro después del parto de Iflicles. Astarte vaticinó que Melkark había nacido para proteger el linaje de los reyes de Tiro y la descendencia de su hermano gemelo Ificles. La malformación que se veía en los hombros del bebé seria el origen de una fuerza descomunal como ningún otro hombre poseía.
El propio rey Damaros pudo comprobarlo cuando un día oyó el llanto desgarrador de uno de sus hijos en la cuna. Alcmena y él acudieron a la cuna rápidamente y pudieron ver como Ificles estaba llorando, mientras Melkark tenia en sus manos dos enormes serpientes a las que había estrangulado.

El nacimiento dentro del santuario de la Madre garantizaba para un niño o niña la oportunidad de convertirse en un adulto libre. El templo adoptaba a los huérfanos o a los niños y las niñas repudiados por sus padres que pasaban a ser hijos e hijas de la Diosa. Muchos niños abandonados eran hijos de esclavas, que los parían en el santuario ocultando el embarazo a los dueños. Pero los pequeños rechazados porque presentaban algún defecto de nacimiento o enfermedad eran a los que cogíamos mas cariño. El futuro de ellos era incierto y eso nos llenaba de tristeza y preocupación. Una malformación era una sentencia de muerte para los recién nacidos que sólo Astarte podía invalidar. Únicamente los más enfermos, lesionados o los que nacían sin alma eran sacrificados a la Diosa para ahorrarles sufrimientos innecesarios. Los sacrificios a la Diosa de los más débiles de nuestra sociedad era un ritual de resurrección, pues garantizaba que la victima tenia una nueva oportunidad de renovación a través de la Madre Tierra.

Astarte y las sacerdotisas atendíamos a todos los niños y niñas, cubriendo sus necesidades durante los primeros años. Los infantes recibían con amor la educación y disciplina adecuada para garantizarles su supervivencia en la etapa adulta. Los niños a los diez años y las niñas con su primera menstruación pasaban a ser hieródulos, siervos sagrados. Con su servició a la Diosa conseguían la independencia del Templo y la ciudadanía de Tiro al cumplir los veinte años, como cualquier joven perteneciente a las familias tirianas. Sin embargo, la mayoría de nuestros protegidos preferían seguir bajo la protección de la Diosa trabajando como personal subalterno del Templo como escribas, campesinos, cocineros, carniceros, auxiliares, jardineros, artesanos; acatando siempre la autoridad de Astarte.

Los hieródulos adultos se dedicaban principalmente al cultivo de las escasas tierras disponibles para la agricultura y la ganadería. Hacían los trabajos mas duros, como los carniceros, encargados de descuartizar los animales de los sacrificios. Los animales eran criados en libertad y, cada invierno, toros, cerdos, cabras y ovejas se sometían a la matanza ritual en uno de los edificios del templo. Las entrañas de los animales se ofrecían a la Diosa y eran quemadas íntegramente en vez de ser cocinadas y repartidas entre los devotos. El resto de la carne sacrificada era guardada en salazón. Los hieródulos garantizaban los productos alimenticios de primera necesidad a la ciudad a través del mercado del Templo. Allí las doncellas ofrecíamos cada día, al atardecer, vino y una torta de harina enriquecida como alimento a todos los necesitados y visitantes.

Con el ocaso se llevaba a cabo el último ritual diario, las cremaciones funerarias. La mayoría de los muertos de Tiro, incluidos los cuerpos de los esclavos eran incinerados. Las cremaciones eran obligadas en épocas de plagas y pestilencias que afectaban especialmente a los niños. Estas se llevaban a cabo en una pira funeraria excavada en la roca de la montaña. A los muertos se les quemaba con sus vestidos y objetos personales. En la necrópolis, la tumba era una pequeña fosa donde se depositaba la urna, tinaja o ánfora que contenía las cenizas del muerto y sus ajuar mortuorio. Se señalaba el lugar de enterramiento con una lapida funeraria.

Las familias nobles solían optar por la inhumación. Tenían cerca de sus residencias o en ellas mismas una cámara subterránea a la que se descendía por un profundo pozo escalonado. La caverna artificial contenía los sarcófagos de los antepasados hechos de piedra esculpida exquisitamente. El cadáver era lavado, ungido y perfumado. Luego se le vendaba y vestía con ricas telas.. Sus ojos y uñas, cubiertos con finas hojas de oro o plata, y a veces, su rostro pintado de rojo era cubierto con una mascara mortuoria. Se depositaban en el cuerpo sus enseres personales, amuletos, armas y joyas. Tras el banquete funerario se rompían los platos sobre la tumba y finalmente se cerraba la losa o piedra del hipogeo.

Transcurridos los veinte años de sagrada labor, las castas sacerdotisas podían volver a su familia con todos los honores. Podían casarse y formar su propio hogar, para lo cual recibían la doble dote. La parte en tierras y propiedades que les correspondía por cuna y herencia de su madre y la parte en oro, plata y joyas que añadía el templo al cual la novia había prestado sus servicios. El novio, en la noche de bodas, descosía ante testigos los labios vaginales con un cuchillo. Esta prueba era más preciada que la misma dote. Por ello las doncellas de la Madre eran muy solicitadas como esposas reales o primeras esposas de los más nobles príncipes de oriente y occidente.

A veces, muy raramente, en alguna de las doncellas se hacia evidente la presencia de un núcleo ctónico de la Madre Tierra. Entonces, la doncella prometía sus votos como Gran Madre. Se convertía en la diosa encarnada o diosa terrena. El primer don que le otorgaba el Numén era que no envejecía como los demás seres humanos. Ella veía el transcurrir de generaciones, mientras el paso del tiempo respetaba su belleza. Eso confundía a los hombres que llegaban a creer que la suma sacerdotisa era inmortal y la misma Madre a la que servía.

La anciana no ha cesado de hablar, reteniendo firmemente la mano de Silvia. Esta a veces en su mente veía las imágenes de lo que Anna le estaba contando y sabía que eran intentos infructuosos de la sacerdotisa para transmitirle su numen. Sin el núcleo sagrado, la anciana moriría. Silvia bloqueaba la transmisión para evitarlo. Era un combate de engaños entre ambas mujeres, donde sólo podía ganar una. Silvia debía ganar tiempo, por eso alimentaba de su propia energía a Anna cada vez que esta se esforzaba en transmitirle el numen.

Al fín, la anciana ha entrado en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia y ha dejado de hablar. Le ha soltado la mano. Silvia se acomoda en el sofá, esta noche oscura será larga, está agotada. Mañana Anna Perenna seguirá con su historia y los intentos de transmitirle su herencia. Y ella deberá seguir manteniéndose firme hasta descubrir el secreto de la anciana o que la luna llena le permita contactar con la fuerza curativa de la Gran Madre. Entoncés todo se decidira.

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3. ANNA PERENNA: En Roma, Anna Perenna ha sido ingresada en el Policlínico. Ha sobrevivido milagrosamente. Empieza a narrar su historia a su ahijada, Silvia Albalonga.

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Un comentario en “ANNA PERENNA 1 (Los Sueños de Gaia – Relatos)

  1. ¡Himnos! Las cosas tienen un ser vital; las cosas
    tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
    toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
    en cada átomo existe un incógnito estigma;
    cada hoja de cada árbol canta un propio cantar
    y hay un alma en cada una de las gotas del mar;
    el vate, el sacerdote, suele oír el acento
    desconocido; a veces enuncia el vago viento
    un misterio; y revela una inicial la espuma
    o la flor; y se escuchan palabras de la bruma;
    y el hombre favorito del Numen, en la linfa
    o la ráfaga encuentra mentor —demonio o ninfa.

    ¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
    ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
    Es semejante a Diana, casta y virgen como ella;
    en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
    y lleva una guirnalda de rosas siderales.
    En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
    y en su diestra una copa con agua del olvido.
    A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

    Rubén Diario

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