LOS SURIV (Los Sueños de Gaia)

sendero del jaguarOAXACA, MÉXICO

En Santa Ana de Tavela, un poblado mixteca cerca de Oaxaca, México, los estornudos, la fiebre alta, dolor intenso de huesos, tos seca, flemas y náuseas, la padecen una parte importante de sus 1.500 habitantes. Cada noche se oye el canto del tecalote. Los abuelos dicen que cuando es oído, viene la enfermedad y el gran desastre. Es el peor augurio de muerte. Todos están llenos de terror, de miedo y la gente se ha encerrado en sus casas, como les ordeno el Presidente de la Nación.

Los jefes de familia y mayores de edad llevan días reuniéndose en la Asamblea Popular para debatir y discutir qué hacer. Mientras, los muertos y enfermos se multiplican.

Las noticias de Oaxaca y México capital tampoco son esperanzadoras. El mal se extendió con rapidez desde que empezaron a detectarse los primeros enfermos en el Cofre del Perote, a unos 800 kilómetros de la capital mexicana. Los primeros casos se dieron cerca de una granja de cerdos industrial que había recibido innumerables quejas. Investigadores y activistas acusaban a la industria porcina de tener las instalaciones superpobladas, una escasa higiene, contaminando el suelo y el agua de las zona donde está instalada.
Desde el 24 de abril se suspendieron las clases escolares en todos los niveles educativos, se cerraron lugares de esparcimiento publico, restaurantes, etc. Las calles están vacías. Ya no se forman corrillos de vecinos, la gente no habla con nadie. Ni los padres con los hijos, ni el marido con la mujer para evitar que el mal les entre por la boca. No hay besos, ni caricias, ni palabras de amor ni de consuelo, sólo temor, espanto…
Don Benito es un nahuatl, el último señor del jaguar, descendiente de una de las estirpes más poderosa de guerreros aztecas. Último eslabón de una cadena de chamanes cuyos orígenes y conocimientos se remontaban al principio de los tiempos, mucho antes que los españoles y los gringos se apoderan de la tierra.

El Cerro de la Serpiente Tanni es un monte donde los lugareños suben a apacentar el ganado por la madrugada. Luego, con la salida del sol, descienden a las haciendas a trabajar la tierra. Un arroyo baja de las alturas subterráneas de la montaña y surge al lado un monolito de roca granítica.. Tallado en forma de serpiente como guardiana de las tinieblas, la escultura tiene una expresión ambigua que oscila entre la fiereza y la risa. El obelisco permanece desde tiempos inmemoriales alzado en medio de la encrucijada de caminos que lleva a Oaxaca. Allí, el viejo chaman lleva tres días de ayuno. Sólo se permite la pipa con peyote que le ayuda a permanecer en trance estando despierto. Está esperando la llegada de su abuela. Ha convocado el espíritu de su querida viejita para que le ayude a saber el origen del mal que esta diezmando a su gente. Necesita saber con qué plantas curativas y palabras mágicas combatirlo. Hasta ahora ninguna de las hierbas, hojas, raíces y semillas que ha probado han dado resultado, todas las plegarias posibles se han elevado a los dioses pero los santos y las vírgenes no escuchan las oraciones. La gente muere sin remedio. Los médicos del gobierno tampoco tienen una cura. Los yanquis llaman a la extraña pestilencia la gripe porcina.

Teme Don Benito que su enemigo sea un poderoso suriv. Los suriv son los entes más invisibles, los mas temibles. Se adaptan rápidamente a las armas a las que se enfrentan y sólo la fortaleza espiritual de la victima puede llegar a vencerlos. Los suriv no son almas vivientes, pues la esencia de los seres vivos es la capacidad de mantener en marcha la maquinaria de su materia viva a partir de las sustancias muertas del medio exterior. El Suriv no puede hacer esto. Necesita el plasma de los seres vivos para conservarse, crecer y multiplicarse. Es un mal espíritu porque se alimenta de vida para conservar su existencia.

El padre de Don Benito fue el duodécimo Señor del Jaguar del pueblo mitxeca. Era uno de los chamanes más poderosos de todo México. Venían a Santa Ana, gentes de todas partes de América a que les sanase y les liberase de los malos espíritus. Sin embargo, el suriv que los blancos habían bautizado como la gripe española lo derrotó. El viejo Don Benito aún recuerda el llanto del tecalote que anunciaba cada muerte de su familia cuando aún era un niño. El tecalote cantó primero por su hermanita pequeña, que murió buscando las últimas gotas de leche en el pecho vacío de su madre moribunda. Finalmente, el suriv atacó a su padre que había quedado agotado luchando por su familia, por sus parientes y vecinos. Milagrosamente el espíritu maligno sólo rozó débilmente a Don Benito y no pudo adueñarse del niño.

Cuando superó la fiebre, Don Benito enterró en el mismo cerro en el que hoy esta buscando respuestas la piel de jaguar de su padre, envolviendo la pesada arqueta hecha en obsidiana que contenía los símbolos de poder de la estirpe del jaguar y que él heredaría cuando fuera el momento, según le dijo su padre antes de morir. Antes de dejar ir su último aliento, le avisó que pronto vendría la perra negra. Que la esperase, pues ella le enseñaría el camino.

Esta fase la asociamos al arquetipo de la Hechicera y a diosas como Morrigan y HécateDon Benito recuerda aquellos días de duelo y quebranto de su infancia, cuando durante dos jornadas deambuló hambriento y harapiento por la aldea sin que nadie pudiera acogerlo. Había muchas chozas quemadas y los escasos supervivientes parecían haber quedado en trance, unidos para siempre a sus muertos queridos. Al tercer día, apareció una mujer vestida de ropas oscuras que dijo ser su abuela, la madre de su madre. Iba acompañada de un enorme perro de piel negra y sin pelo al que llamaba Xólotl. El animal era veloz como un caballo, capaz de saltar dos metros de altura. Una bestia tan grande y feroz como un jaguar que dócilmente se acostaba a los pies de la anciana, siempre pendiente de su más mínimo gesto.

La abuela le contó que su yerno la llamaba con desprecio la perra negra pero su nombre era Tutul que significa “la que rebosa virtud”. Era sacerdotisa de Ixchell, la blanca, la diosa madre del pueblo maya, diosa del amor, de la gestación, de los trabajos textiles, de la luna y la medicina. A Ixchel, los aztecas la llamaban Coatlicue la mujer culebra que simbolizaba la fecundidad así como la muerte y la regeneración, También la llamaban Tonantzin: “Nuestra Venerada Madre. Tenia su santuario en el Cerro del Tepeyac, una colina cercana a la ciudad de México
Después de la aparición de la Virgen de Guadalupe en el mismo Cerro de Tepeyac, el santuario de Tonantzin pasó a ser la Iglesia de Guadalupe. Y, poco a poco, Tonantzin y Guadalupe se fundieron en una sola. Don Benito ahora sabe que las figuras femeninas de Ixchell, Coatlicue-Tonantzin, y la Virgen de Guadalupe son la misma personalidad, la de la Madre Universal. La Madre Tierra.

El niño acompaño a la abuela hasta la choza de adobe donde había nacido Don Benito y donde descansaban los cuerpos de sus padres, hinchados por los días que llevaban muertos. El hedor era insoportable. La anciana sacrificó las gallinas y los pavos del corral, derramando la sangre de los animales alrededor de las paredes de toda la vivienda. Advirtió al pequeño que no debía cruzar la linea sangrienta ni entrar en la choza. Don Benito se quedó en el portalón, reconfortado por el calor del enorme perro que se tendió a su lado mientras observaban el ir y venir de la abuela.

En el interior de la vivienda la anciana inició el ritual funerario comiéndose los pecados de su hija. Le costó hacer lo mismo por su yerno pues habían sido rivales al amor de Cocom. Luego, lavó los cadáveres con agua perfumada y mezcal. En las bocas de cada uno colocó la piedra de pago. Los vistió con sus mejores galas. Para la niña sólo encontró digno el vestido blanco del bautizo. Los amortajo con las mantas que sabia tejidas por las manos aladas de Cocom. En medio de la pareja deposito a su nieta, mientras derramaba las únicas lágrimas que no pudo controlar. Confeccionó tres cruces de flores que depositó a los pies de cada cuerpo. Luego, hasta que oscureció, estuvo rezado a los difuntos en medio de fórmulas mágicas y recomendaciones a su hija para que acertara en sus pasos por el más allá.

Cuando salio la luna negra, la anciana prendió fuego a la techumbre de la choza y observó con el niño la cremación. Permanecieron despiertos toda la noche hasta salida del sol entonando cantos lúgubres. Al amanecer la abuela se puso a cocinar la carne de las aves sacrificadas en una marmita, colocada sobre piedras que aún humeaban. Con la carne deshilachada, frijoles, chile y otras especies, rellenó los tamales de maíz que había preparado. Los pocos vecinos que habían quedado en la aldea, acudieron atraídos tanto por el humo de los restos de la choza como por el aroma suculento de la comida.

Al principio silenciosos, aceptaban con timidez los tamales calientes que les ofrecía la anciana. Luego, para corresponder fueron en busca de más comida y dulces que tenían en sus viviendas y poco a poco se fue organizando un festín de difuntos que duró todo el día. El mezcal levantó los ánimos de los vivos que incineraron a sus muertos en una gran hoguera, en la plaza mayor. Al día siguiente recogieron y limpiaron los huesos quemados. Los llevaron al cementerio donde fueron depositados en la tumba comunal.
La anciana visitó a los enfermos en sus chozas y comió de cada uno de ellos sus pecados. Lo que pronto acarreó una milagrosa mejoría a los se veían a las puertas del inframundo. Entonces, Tutul dijo que el niño y ella tenían que irse.

Los primeros días de camino, Don Benito y su abuela cruzaron pueblos fantasmas donde la peste no había dejado supervivientes. Superaron altas cimas nevadas y ríos caudalosos. A veces se cruzaban con alguna zona habitada que había quedado aislada de la epidemia. Los campesinos saludaban a Tutul con temor reverencial y les facilitaban siempre víveres para el viaje. Tutul, a cambio, extendía su poder de curación sobre aquellas gentes y sus animales.

La abuela le fue narrando la historia de sus antepasados mientras se dirigían a las tierras selváticas del Yucatán donde residía como guardiana del cenote sagrado de Ixchell. El linaje de Tutul era muy antiguo. Sus ancestros provenían de lejanas tierras al otro lado del gran azul. Habían cruzado el océano que ahora se llama Pacífico siguiendo la corriente negra hacia en el año 1100 a.C. dirigidos por el legendario príncipe Shang, fundador del pueblo olmeca. Huían de una gran guerra donde había sido derrocado y asesinado el emperador de aquellas tierras.
Tutul también descendía del rey Nachi Cocom, el gran guerrero maya que se había enfrentado con ferocidad a los conquistadores españoles. La sangre materna que corría por las venas de Don Benito era tanto o mas poderosa que la del señor de los aztecas.

Tutul y su yerno, el padre de Don Benito, habían tenido sus diferencias hacía años y la mujer se había visto obligada con gran dolor a distanciarse de ellos. Su hija Cocom había nacido con grandes dones. Sus ágiles manos tenían la gracia de dos blancas palomas cuando bailaban, eran expertas es sacar los más maravillosos cuencos de una porción de húmeda arcilla, o tejer las mantas más hermosas. Pero el más preciado don de las manos de Cocom era que podían calmar el dolor a los enfermos tan sólo con una suave caricia. La niña con su sola presencia o con el ritual de su dulce y melodiosa voz, podía sanar la mayoría de enfermedades del alma

Cuando la impúber Cocom tenia tres veces cuatro años empezó su iniciación en los misterios de la diosa Ixchell, en la isla de Mujeres, pero aquel mismo año, un día de otoño que había ido a buscar flores y frutos silvestres para el altar de la diosa , el señor del jaguar la vio desde su canoa. El tótem de la blanca paloma quedó en poder del duodécimo Señor del Jaguar a causa de que este, dándole un susto, uso malas artes y se apropió del espíritu de la joven. La doncella fue seducida por el chaman azteca y cuando Tutul se enteró de la afrenta, Don Benito ya estaba en el vientre de su madre sin que esta hubiera conocido aún su primera sangre lunar. El tonal, la fuerza de la vida de Cocom era muy poderosa, pero quedo supeditada a su marido que lo explotó para sus propios intereses, debilitándola hasta que no pudo defenderse de los malos espíritus.

Descubriendo sus propios orígenes y las historias que le contaba Tutul, el viaje se le hizo relativamente corto al niño. Varios días después llegaron al Yucatán, donde se adentraron en la tupida selva sin que la anciana mostrara el más mínimo temor. Seguían los indicios de las antiguas calzadas llamadas sacbés, a través de las piedras apenas vislumbradas entre las lianas y los grandes arboles que llegaban a alcanzar 30 metros de altura y no dejaban entrever la luz del sol. La anciana sabia escoger siempre el camino correcto en las encrucijadas.

Xólotl a veces desaparecía y volvía aparecer con alguna iguana u otra presa que se convertía en la cena, convenientemente asada con hojas olorosas, frutas, semillas, hierbas y especies que la anciana recogía por el camino. Por la noche, abuela y nieto dormían juntos debajo de un improvisado tejado de hojas de palma. Xólotl se colocaba los pies de ambos, siempre vigilante. Algunas noches en que el sueño del niño Don Benito no era tan profundo, medio adormecido había visto una figura masculina al lado de la anciana que la abrazaba amorosamente. Una figura sin color pues se confundía con el aire, pero la cara del hombre era la de un viejo desdentado, con los pómulos hundidos y la nariz grande. Fue un misterio que tardo años en aclarar.
Don Benito quedó asombrado cuando descubrió donde vivía la anciana. Era lo más parecido al paraíso que pudiera existir. En medio del esplendor vegetal que cubrían las piedras de una antigua pirámide, con arboles llenos del oloroso aroma de sus flores y frutos por doquier, apareció el cenote de Tutul, una inmensa caverna de aguas azules y transparentes que iba a ser lo más parecido a un hogar para el niño los próximos años.

El cenote era uno de los ojos del gran rio subterráneo que atravesaba toda la península de Yucatán. La vieja le advirtió que en la gruta estaba la entrada del inframundo y que nunca debía adentrarse en los túneles si ella no le acompañaba. En aquellas tierras donde el agua primaba, la vieja curandera le crió y le protegió de todo mal. Fue su mentora en la magia y las artes curativas. La abuela Tutul le transmitió todos sus conocimientos como vidente. Uno de sus instrumentos mágicos era un silbato de arcilla en forma de rana con los carrillos hinchados y que llevaba encima una ranita bebe. Cuando Tutul sujetaba el silbato y lo hacia sonar empezaba a llover.

Tutul era una itzàe, una bruja del agua y parecía estar en su elemento primordial cada vez que llovía. Mientras, el niño quedaba guarnecido en la cueva, protegido por la presencia cálida y siempre protectora de Xólotl, Tutul desaparecía entre las hojas y las lianas convertida en una sombra esmeralda. Luego, cuando volvía completamente desnuda con sus largos cabellos blancos empapados, enmarañados, llenos de hojas y su piel cubierta de lodo verde, toda ella parecía rejuvenecida por una magia desconocida.

A veces, una minúscula ranita dorada aparecía surgida de la nada en sus manos. Ella la depositaba cuidadosamente encima de la oquedad de una hoja llena de agua, la ranita empezaba a cantar y Tutul entendía lo que le decía. La rana es una criatura que puede cruzar dos elementos, tierra y agua y era uno de los poderosos animales totémicos de la anciana. Con ella cruzaba la frontera del presente al futuro o del presente al pasado, comprobando por ella misma lo que le contaban los espíritus. También le permitía ver lo que sucedía en otras partes de la Tierra

Como hechicera, Tutul le enseñó a Don Benito a contactar con los espíritus de los antepasados y otros espíritus benéficos. A dominar la técnica de entrar en trance despierto, controlando la puerta del arco iris para evitar que se cerrara y él quedara dentro como ocurre a muchos espiritistas que pierden el sentido de vuelta del mundo de los espíritus a la realidad y enloquecen.

También la bruja le advirtió sobre los poderes oscuros que ella dominaba como ningún otro chaman rojo; le enseñó a utilizarlos, pero le hizo prometer que sólo los usaría en circunstancias excepcionales, pues para usar los poderes oscuros hay que pagar a los demonios y el precio siempre es de sangre.
Los recuerdos de aquellos años jóvenes, de aprendizajes y rebeldías se agolpan en la mente del viejo Don Benito. La imagen desnuda de su poderosa abuela nadando en el agua del cenote mitad mujer, mitad serpiente, aún le turba.

Aunque la anciana ha sido el primero de los espíritus que ha convocado, no ha venido aún. La noche pasada fue el gran guerrero Nachi Cocom quien contactó con él. Le contó sobre la gran plaga que sufrieron todos los pueblos amerindios hace 500 años a causa del Suriv Cocoliztli. La pestilencia apareció después de una gran sequía, con la primera llegada de los grandes buques y los hombres de tez pálida con sus armas terribles que lanzaban el rayo. En apenas tres años, Cocoliztli provocó la muerte de la tercera parte del pueblo indígena del Yucatán. Era breve y letal, pues entre la aparición de la enfermedad y el deceso transcurrían de tres a cinco días. La gente se ponía amarilla, comenzaban a enloquecer y les salían úlceras por todo el cuerpo que les hacían sangrar hasta morir. Ni las hierbas curativas ni los rituales podían hacer nada para combatirlo.

Parecía que los dioses blancos habían vencido a los dioses mayas, pues la gran plaga la sufrió principalmente la población nativa; apenas afectó a los europeos. No había remedio que curase y sólo cuando el Suriv Cocoliztli se sació de muertos, el tiempo adormeció al mal espíritu.

El viejo chaman cree convencido que sólo se vive una vez. La vida esta llena tanto de sufrimiento como de alegría. La única manera de perdurar tras la muerte es alcanzar la fama, si bien la propia fama desaparece cuando mueren los que recuerdan al difunto. Ya casi no queda nadie para que recuerde a Don Benito cuando muera, sólo su hijo Macehual. Sólo él conoce el nombre mágico de su hijo Manuel pues fue quien se lo impuso. Manuel es el nombre cristiano con el que le bautizaron pero el nombre espiritual de Manuel es Macehual que significa “Hombre que lleva una pesada carga”. El nombre oculto de Don Benito es Uxumuco, que quiere decir “Primer hombre” porque Don Benito fue el primer varón que sirvió a Ixchel del linaje de la abuela Tutul.

El hijo de Don Benito vive en España, alejado de su orígenes

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