Se llamaba Eva

te_doy_la_pazLeyendo este artículo:  Padres de niños enfermos terminales, a favor de la eutanasia en Bélgica (enlace) he recordado la parte más dramática de mi vida. Una vivencia que durante años me he esforzado por no recordar, porque olvidarla es imposible.

La historia ocurrió durante mi segundo embarazo. Todo iba bien hasta que estuve de casi siete meses de gestación. Sufrí una pielonefritis y un cólico renal que provoco un parto prematuro.

Fui ingresada en un hospital y medicada. El día que iban a darme el alta, me hicieron una ecografía donde se detectó que mi bebé tenia una hemorragia cerebral. Me quede ingresada de nuevo esperando que mi hija muriera en mi interior y luego debería expulsar el cuerpo en un parto vaginal, lo más  natural según los médicos. Pero pasó un mes, mi bebe seguía viva y mi estado emocional cada vez era peor, por lo que pedí el alta voluntaria y bajo reposo absoluto volví a mi casa. El equipo de ginecólogos desestimaron a mis familiares otra opción que yo pedí, ir a otro hospital.

En mi casa, una comadrona venia a diario a visitarme. A comprobar la dilatación, tomarme la presión y todo eso. También escuchaba con una vieja trompetilla el ritmo cardiaco de mi bebé a través de mi vientre en tensión y doloroso. Ella aseguraba que la niña tenia un corazón muy fuerte y dudaba de la afirmación de los médicos sobre su inminente muerte. Y acertó. A los ocho meses y medio de gestación volví a estar de parto, pero tuvieron que practicarme una cesárea.

Mi hija sufría de hidrocefalia y el diagnóstico era que moriría en unos días. Al mes, propusieron colocarle una válvula drenante. Era evidente que la niña era una luchadora como había dicho la comadrona. Contactamos con padres en circunstancias parecidas. Bajo su experiencia y consejos apoyamos “libremente” la opción que nos ofrecían los medicos. Mi hija a pesar de que sufriría  un retraso evidente, se había ganado nuestro amor y no nuestro rechazo. Le dimos una oportunidad para vivir.

Entonces llegue a la conclusión que mi papel de madre era defender su calidad de vida, no su vida. Así pues a los tres meses pude llevármela a casa y me apunte a todo lo que podía beneficiar su desarrollo empezando por ejercicios de estimulación precoz, etc..

A los seis meses balbuceaba y me llamo mamá. Pero su frágil cuerpo rechazaba la válvula artificial, había una infección recurrente y tuvieron que repetir la misma operación de neurocirugía siete veces. Las tres ultimas en apenas dos meses.

A los 10 meses tuvo convulsiones que le hicieron perder todo los avances en su desarrollo. El pediatra y el neurocirujano que la trataban  nos dijeron que no podían hacer más, que debíamos aceptar que iba a morir en pocos días y no se iba a volver a intentar operarla de nuevo. El día antes de nochebuena hicimos una misa en su habitación, el mismo párroco apoyaba la decisión, médicos y enfermeras que la trataban rogaron a Dios por ella y yo pedí que nos diera fuerzas a los que la queríamos para dejarla ir. Habíamos hecho todo lo posible.

Pasó todo el 24 de diciembre inconsciente. No la deje sola hasta que me invitaron a ir a media noche a la Misa del Gallo, que se hacia en el mismo hospital. Fui. Al besar al Niño pedí que no se llevara a mi hija por Navidad, que Dios me dejara estar con ella estos días tan señalados. Yo estaba muy mal emocionalmente, hundida. Me arrepentí pronto de pedir aquel milagro. Mi hija para mi, vino para ayudarme a madurar y esa fue la lección mas dura.

Regrese a la habitación y lo primero que oí fue el sonajero. Mi hija volvía a estar despierta, jugando con el juguete agarrado en su pequeña manita, como antes de las convulsiones y me sonreía. Pasamos un día de Navidad relativamente bien. El 26 volvió adormecerse, pero el día 27 vino un neurocirujano sustituto ya que los médicos que la atendían hacían fiesta. Quiso operarla, yo estaba sola. Me negué, sabia que era inútil otro nuevo intento. En las mismas puertas de quirófano agarré la camilla intentando evitar que la operase.

Me insultó y amenazó. Me dijo que yo pretendía dejarla morir y que me denunciaría si no le dejaba operarla, pues debido a la presión del liquido cefalorraquídeo era cuestión de horas su muerte. La operó. No sirvió de nada mi negativa. No sirvió de nada la octava operación, mi bebe no despertó. Las pruebas demostraron que la infección seguía allí. Pero al operarla le habían quitado la presión craneal, lo que alargo su agonía.

La cara del neurocirujano titular cuando regreso de vacaciones y nos encontró aún allí, con mi hija agonizante fue un poema. No justificaron lo injustificable, pero me boicotearon cualquier intento de denunciar lo ocurrido. A los neurocirujanos no volví a verlos.

Entonces le intentaron quitar el suero, por los motivos que dice el articulo: “En ese etapa te dicen que es mejor no darle ningún líquido porque los bebés son capaces de sobrevivir con pequeñas gotas de líquido”.

Con el fin de semana vino lo peor, la niña pasó de la inconsciencia tranquila a un sueño doloroso, palpable que nunca había visto en ella. Las enfermeras me confirmaron su sufrimiento. Me animaron a pedir calmantes.
Su pediatra habitual no estaba y me enfrente a un suplente. ¡Malditos suplentes! Pedí que atendiera el dolor de mi hija. Dijo que eso sólo alargaría  su vida, que mi hija ya no era un ser humano y que iban además a quitarle el suero.
Yo me negué a ello, exigí que volvieran a hidratar a mi hija. La incongruencia de la octava operación sobre  la negación de líquidos era increíble. Mi hija había sido el conejillo de indias para aquel neurocirujano aprendiz y ahora venían con prisas. Mi impotencia y mi frustración estaba al limite.

Hasta que este médico le negó a mi pequeña su dignidad humana no me plante. ¿Quién niega agua al sediento? Sabia que la muerte por deshidratación es terriblemente dolorosa. Amenacé con asfixiarla, como haría con un animal moribundo y sufriente. Se tomaron en serio mi amenaza. Le dieron morfina y no le quitaron el suero.

Nunca controle el destino de mi bebe, me sentí manipulada y presionada constantemente a tomar decisiones, que en el fondo tomaban otros.
Es tan fácil manipular a unos padres que desean lo mejor para sus hijos. La eutanasia nunca estará bajo el control de los progenitores aunque estos lo crean así. La mayoría de padres ignoramos el proceso natural de la muerte. Por ignorancia, amor o egoísmo podemos cometer errores en nuestras decisiones, es algo natural, es lo que nos hace humanos.

Ser padres es puro instinto, intuimos el dolor de nuestros hijos, su vulnerabilidad y cubrimos sus necesidades lo mejor que podemos o sabemos. Por eso debemos tener derecho a protegerles del sufrimiento e indefensión ante los extraños. De que nadie  intervenga en el proceso natural de la muerte cuando ya es inmediata e inevitable. Reclamemos el derecho humano a morir con dignidad para los niños enfermos terminales, el derecho a cuidados paliativos al más alto nivel. Que siempre los padres tengan la ultima decisión. Que no haya ningún extraño que meza la cuna.

El ultimo día no podía controlar mi ansiedad, deseaba salir de la habitación, abandonarla. Nunca me había sentido igual. Salí a caminar sin rumbo fijo e hice cerca de seis kilómetros andando, estuve cinco horas fuera. Cuando regrese las enfermeras estaban sorprendidas de que me hubiera marchado toda la tarde, sin avisar, además el estado de la niña había empeorado. Me senté al lado de su cuna.
Al  verla tan pequeñita y frágil entendí porque me había ido. No podía seguir reteniéndola. Debía dejarla ir. Su cuerpo, habitualmente tenso, se relajo, me miró tranquila y la cogí en brazos. Capte que se iba. Movió las manos como no hacia en días y me agarró un dedo. La ansiedad del día había desaparecido. Intuí que era nuestro último momento juntas, no lloré. Estaba increíblemente en paz. Ella también. Estábamos despidiéndonos en silencio.

Cuando su dedito se relajó, supe que ya no estaba conmigo. La coloque en la cuna. Entonces, y sólo entonces, llamé a las enfermeras. Les dije: “Se ha ido”. Mire el sofa donde habia estado durante meses, dia y noche  y salí de la habitación. Era el 20 enero de 1991. A partir de aquel día yo fui otra persona.

Mi hija se llamaba Eva y fue el ser humano que más me ha enseñado sobre la vida. Los meses que pasé acompañándola en el hospital me permitieron ser muda espectadora de otros muchos sufrimientos infantiles, que darían para escribir un libro sobre las miserias humanas, la gran sensibilidad y profesionalidad de nuestro servicio sanitario y sus excepciones.

Firmado:

LA MAMÁ DE EVA.

 

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2 comentarios en “Se llamaba Eva

  1. Precioso e impresionante. Tengo una hija de edad muy similar a la que tendría Eva y nunca te das cuenta del todo de lo terrible que ha de ser no poder hacer nada por tu hijo.
    Un fuerte abrazo,
    @kalikrates

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