Los Niños Santos de Maria Sabina

Maria SabinA

María Sabina, (1894-1985) “la mujer del Libro Blanco” como la nombraba Juan Rulfo, o “la sabia de los hongos” fue una curandera de la etnia mexicana indígena mazateca, al sur de México en el estado de Oaxaca que, sin proponérselo, se convirtió en una celebridad nacional e internacional, debido a su extenso conocimiento en el uso ceremonial y curativo de los hongos alucinógenos que usualmente crecen en su natal Oaxaca.

María Sabina Magdalena García, chjota chjine (la que sabe) nació el 17 de marzo de 1894 en Río Santiago, municipio de Huautla de Jiménez, Oaxaca, Sus padres fueron Crisanto Feliciano y María Concepción. Tuvo una sola hermana, María Ana, dos años menor que ella. Su padre murió poco después de haber nacido María Ana. Al quedar viuda, María Concepción volvió a casa de sus padres, con sus dos hijas. Ya entonces estaban instalados en el Cerro del Fortín, junto a Huautla, donde María Sabina pasó prácticamente el resto de su vida. El abuelo y el bisabuelo de María Sabina fueron notables chamanes mazatecos, también su tía y tío abuelos. Maria recibió desde muy joven una educación rigurosa sobre el uso de plantas y hongos. Hasta hoy, los Mazatecos conservan su propia lengua y se reparten en tres poblados principales: Teotitlán del Camino; Mazatlán de las Flores, y su capital, Huautla de Jiménez.

Durante su dura infancia la niña ayudaba a la cría de gusanos de seda, de pollos, de cabras, siembra del maíz y del frijol, aprendió a coser, lavar, barrer, hacer tortillas… vivió siempre en un entorno de pobreza material.
Cuando tenía seis o siete años presenció por primera vez una ceremonia de hongos sagrados Ofició la velada el sabio Juan Manuel, para curar a Emilio Cristino, tío de la niña. Días después María Sabina y María Ana reconocieron en el campo los hongos que había comido Juan Manuel: con ello descubrieron un juguete y un pan.

“No teníamos nada: sólo hambre, sólo frío… Ni siquiera sabía si eran alimento o veneno. Pero sentía que me hablaban. Después de comerlos oí voces. Voces que venían de otro mundo.”

María Sabina y su hermana María Ana hicieron de aquella ingestión casual una costumbre:

“En los días que siguieron, cuando sentíamos hambre, comíamos hongos. Y no sólo sentíamos el estómago lleno, sino también el espíritu contento.”

En unas veces el abuelo y en otras mi madre llegaban al monte y las recogían del suelo, tiradas o arrodilladas. ¿Qué han hecho? preguntaban…
Nunca nos regañaron ni nos golpearon por comer hongos, porque ellos sabían que no es bueno regañar a una persona que los ha tomado, ya que se le pueden provocar sentimientos encontrados y es posible que sienta que enloquece”.

A los 14 años fue entregada por su madre, sin boda según la costumbre de la época, a Serapio Martínez. Procreó con él tres hijos. A los seis años de su unión quedó viuda. Más de diez años después aceptó hacer vida marital con Marcial Carrera. En ese lapso, ella había empezado a ejercer su oficio de sabia, que se vio suspendido por su compromiso marital, pues la regla establece que para manipular los honguitos debe estarse en abstinencia sexual. La unión duró 13 años, durante los cuales engendraron seis hijos.
Al quedar viuda por segunda vez, cuando tenía poco más de cuarenta años, María Sabina ejerció nuevamente el oficio de sanadora que la llevó a la fama como sabia. Se dedicó totalmente a la curación por medio de los hongos o “niños santos” como ella los llamaba. Persona humilde, llevo una vida simple en lo cotidiano. Para sobrevivir y mantener a su madre y a sus hijos, trabajó en el campo y en la venta ambulante. Sembraba maíz y frijol en su terreno y no cobraba a sus pacientes, quedando a la espera de lo que cada persona pudiera darle.

En junio de 1955, el investigador etnomicólogo y antropólogo estadounidense Robert Gordon Wasson, que venía realizando un estudio sobre el uso de los hongos en diferentes culturas desde 1927, asistió por primera vez a una velada cantada por María Sabina en Huautla, y a invitación de ella ingirió los hongos divinos y quedó pasmado.

“Yo tenía mis dudas respecto de los hongos. Por una parte deseaba experimentarlos por entero, descubrir qué era lo que experimentaban los indígenas; por otra, quería rechazar sus efectos y permanecer como un observador imparcial. Pero los hongos no me dieron opción. Se apoderaron de mí en forma total y arrebatadora.”

Tales son las palabras con que Wasson describe el inicio de aquella experiencia que llamó ultraterrena. Después, el canto de la chamana se alzó en frases ópticas, las formas repercutían sonidos, se palpaba el olor, se gustaba el color, y la criatura entera se licuaba, voz y ritmo, en armonía con la música de las esferas.
Aquella noche María Sabina bailó su danza de poder y ante los ojos de los extranjeros danzaron interminablemente formas de vivos colores, unas salidas de otras, un ramillete de flores que se transformó en un carruaje imperial tirado por criaturas sólo concebibles en la mitología imaginaria, tapices, brocados, esculturas, arquitecturas en las que no cabía la sencillez. Dice Wasson: “todo era deslumbrantemente abigarrado”.

María Sabina describió aquel encuentro a su manera:

“Cuando los extranjeros tomaron los niños santos conmigo, no sentí nada malo. La velada fue muy buena. Tuve visiones diferentes. Llegué a ver lugares que nunca había tenido imaginación de que existiesen. Llegué al lugar de origen de los extranjeros. Vi ciudades. Ciudades grandes. Muchas y grandes casas… Después supe que Wasson había quedado maravillado… vino otras veces. Trajo a su mujer y a su hija. También vinieron personas diferentes con él.”

Y prosigue:

“Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo que está lejos, también cercano e invisible. Ahí es donde vive Dios, donde vive el muerto y los santos. Un mundo donde todo ha pasado ya, y se sabe todo. Ese mundo habla. Tiene un idioma propio. Yo informo lo que dice. El hongo sagrado me toma de la mano y me lleva al mundo donde se sabe todo. Allí están los hongos sagrados, que hablan en cierto modo que puedo entender. Les pregunto y me contestan. Cuando vuelvo del viaje que he tomado con ellos, digo lo que me han dicho y lo que me han mostrado.”

Gordon Wasson no sólo desobedeció la advertencia de Sabina de no mostrar a nadie las fotografías tomadas durante la velada, sino que las publicó en la revista norteamericana Life quien en el número correspondiente al mes de Mayo de 1957 presentó el reportaje: “Culto a los hongos sagrados”.
El autor, queriendo cumplir con parte de su compromiso con María Sabina de no revelar los secretos del uso del teonanácatl sagrado -como le llaman los indígenas a los hongos alucinógenos- dijo que tal experiencia había ocurrido en la Sierra Mixteca de México, con una curandera de nombre Eva Méndez. Más tarde Robert escribió: El hongo maravilloso: Teonanácatl Micolatría en Mesoamérica. A partir de allí comenzó a publicar sus experiencias en revistas y libros, e inclusive un disco que registra los cantos de Sabina durante una ceremonia (“Mushroom Ceremony of the Mazatech Indians of Mexico”, 1957. Smithsonian Folkways Recordings); otro libro escrito por Wasson es titulado: “The Wonderous Mushroom”; uno de los hongos empleados en las ceremonias del “Hongo Sagrado”, antes no habían sido clasificado, por lo que lo catalogó como psilocibe wassonni.

Esto provocó que la prensa vulgarizara la noticia y con ello la invasión de hippies a las montañas oaxaqueñas. Desde que la “descubrió Wasson. la visitaron afamadas personalidades: Bob Dylan, Aldous Huxley, Roger Heim, Fernando Benítez, Gutierre Tibón, Henry Munn, y dice la leyenda que hasta Walt Disney, los Beatles y los Rolling Stones. Multitud de jóvenes de Norteamérica y de Europa occidental acudieron a Oaxaca para probar personalmente los hongos psicotrópicos.
En el verano de 1969 el ejército mexicano y agentes federales intervinieron Huahutla para expulsar a los jóvenes, extranjeros y mexicanos, que según reporta uno de sus moradores habían hecho del lugar “un centro de alucinogenación desenfrendada”: Dice el mismo Estrada que “el comportamiento de los jóvenes mexicanos, entre los que se encontraban delincuentes y no pocos ‘niños ricos’ en busca de aventuras, fue lamentable.”

psilocybe-lanceole

En el chamanismo mazateco, los hongos no se utilizaban con el propósito de provocar éxtasis por el éxtasis mismo. Se empleaban para curar una enfermedad o resolver un problema; su consumo estaba rodeado de fe y reverencia. Wasson los sacó del misterio y, como dijimos, comenzó el aniquilamiento al perderse el secreto: disipación que se hizo masiva a partir de su uso “por moda”, como sucedió entre las comunidades hippies y los jóvenes de las clases adineradas de América que vieron en ello un nuevo entretenimiento.. Cuando Wasson conoció a María Sabina, ella aún usaba una cuarta clase de hongo, que nombraba en mazateco como “Ya’nte”, y que crecía sobre la madera de un árbol muerto; Wasson lo identificó con el “Conocybe Siliginoides Heim”, especie que hoy se encuentra extinguida.

Al final de su vida María Sabina lamentó la pérdida definitiva del poder divino de los hongos.

“Desde el momento en que los extranjeros llegaron a buscar a Dios, los niños santos perdieron su pureza. Perdieron su fuerza, los descompusieron. De ahora en adelante ya no servirán.”

“Los niños santos hablaban por mí. Sabía el Lenguaje… De pronto me vi rodeada de extranjeros que vinieron a buscar a Dios: me robaron todo, hasta mis cantos, y fui a parar a la cárcel. “

“Me han enfermado. Estoy débil, me obligo para hablar. Estoy abandonada. Creo que estoy pagando las consecuencias. Cargo las enfermedades de todos los que curé. Ya casi ni duermo”

Para María Sabina, y en general para la comunidad mazateca, ninguno de los extraños que fueron tenía realmente por qué acudir a los honguitos, incluido Wasson. Tal sentimiento se infiere de las palabras de la chamana que recogió Álvaro Estrada, convecino de María Sabina y conocedor del mazateco.

“Es cierto que Wasson y sus amigos fueron los primeros extranjeros que vinieron a nuestro pueblo en busca de los niños santos y que no los tomaban porque padecieran de mal alguno. Su razón era que venían a encontrar a Dios.

”Antes de Wasson nadie tomaba honguitos simplemente para encontrar a Dios. Siempre se tomaron para que los enfermos sanaran”.

Sin embargo, es probable que en este tiempo nadie estuviera más necesitado del alivio de esas plantas mágicas que los hombres de la civilización industrial, que habían declarado muerto a Dios y habían relegado a la mística al cuarto de los cachivaches.

Los honguitos ya no se recogen en las cañadas, ahora se compran. Dejaron de pertenecer a la comunidad mazateca. Un anciano chamán le dijo a Álvaro Estrada:
“Lo terrible, escucha, es que el hongo divino ya no nos pertenece. Su Lenguaje ha sido profanado. El Lenguaje ha sido descompuesto y es indescifrable para nosotros…
”‑¿Cómo es ese nuevo lenguaje?
”‑¡Ahora los hongos hablan nguilé (inglés)! Sí, es la lengua que hablan los extranjeros…

Maria Sabina murio a causa de una tromboembolia pulmonar el día 22 de noviembre de 1985, a la edad de 91 años. Fue guía de santos y profanos, no negándose jamás a nadie. María Sabina nunca dejó de vivir en la más extrema pobreza. Vivió siendo un mito, y murió como vivió: en la miseria, aunque tuvo las llaves del reino espiritual de la riqueza.

“Un sabio como yo no debe cobrar por sus servicios, no debe lucrar con su sabiduría. Quien cobra es un mentiroso. El sabio nace para curar, no para hacer negocio con su saber”

La sabia de los hongos atendió siempre con su buen hacer la visita de médicos y psicólogos vanguardistas interesados en su saber como curandera y en las formas de utilizar los hongos sagrados dentro del contexto terapéutico occidental.
El Dr. Albert Hofmann, el químico suizo que años antes había descubierto la LSD le interesó el fenómeno de Maria Sabina. Contacto con Wasson e hicieron viaje a Oaxaca para recolectar diversas muestras de teonanácatl. Hofmann las analizó en su laboratorio de Suiza y logró aislar los principios activos del Psilocybe mexicana, a los que llamó psilocina y psilocibina. Hofmann estaba tan agradecido con María Sabina por su hospitalidad y cooperación que pensó en retribuir su gentileza regresando a Huahutla con un regalo insólito: cápsulas de psilocibina pura. María Sabina tomó las cápsulas y -según Hofmann- se mostró complacida y señaló la similitud de sus efectos, aunque no por ello dejó de usar sus hongos.

Según relata el mismo Hofmann:

María Sabina llevó a cabo el ritual de la forma acostumbrada. Ella tomó 30 mg, el equivalente aproximado a la cantidad de hongos que solía ingerir. Los efectos de los hongos son casi instantáneos y la sustancia aislada necesita una media hora, así que María Sabina empezó a inquietarse a los quince minutos. Le dimos una pequeña píldora adicional, pues lo que menos nos interesaba en este momento era empezar una discusión, y unos diez minutos más tarde comenzaron los efectos de lleno; la sesión duró toda la noche. María Sabina nos confesó más tarde no haber encontrado diferencia alguna.

Hoy, el hongo Teonanácatl se puede cultivar en laboratorio y sus principios activos pueden obtenerse sintéticamente. A su legado se deben variados medicamentos que, cada vez más, se usan en la química enfocada a producir remedios para variadas enfermedades de índole psíquica, a partir de los componentes de tres variedades de hongos que ella enseñó a la ciencia; los hoy inscritos en el catálogo de alucinógenos como “Psilocybe Caerulenscens Murril Var Mazatecorum Heim”; “Stropharia Cubensis Earle”, y el “Psilocybe Mexicana Heim”.

CULTIVADOS en París los hongos recogidos en México por el profesor Heim se reproducen en el laboratorio. Estos son Psilocybe Mexicana de Heim.

N’Dali. El legado mazateco de los hongos mágicos

A raíz del uso lúdico de los hongos mágicos en nuestro país por sus propiedades alucinógenas, la asociación GASS proyectó realizar un documental sobre los mismos.
Entonces envió a un equipo al lugar del mundo donde más hongos mágicos se consumen, el estado de Oaxaca, en México. Allí se toman los hongos como algo sagrado y terapéutico, un auténtico manjar de los dioses.
El objetivo del documental es educativo, contrastando el uso tradicional con el uso moderno y así aportar algunas luces sobre las necesidades, prejuicios y realidades del consumo o comunión entre esos seres vivos (hongos y personas).

NOTA: Se ha planteado la cuestión de si el maná del que se habla en la Biblia (Éxodo, 16:14) no serían también drogas enteógenas. Por la descripción que del maná se hace en la Biblia algunos autores han sugerido similitudes con el hongo psilocybe.


FUENTES:

  • Wikipedia.
  • Gordon Wasson, El hongo maravilloso: Teonanácatl
  • Álvaro Estrada, Vida de María Sabina La sabia de los hongos. Publicado por la editorial Siglo XXI.
  • Aurora Tovar Ramírez, 1500 mujeres en nuestra conciencia colectiva: Catálogo biográfico de mujeres en México. México, DEMAC (Documentación y Estudios de Mujeres A. C.) 1996.
  • María Sabina. Soy la mujer remolino. Espléndida edición de poemas realizada por Almadía y Zare Books,
  • http://www.mind-surf.net/drogas/hongos.htm
  • http://www.imaginaria.org/wasson/wasson.htm
  • http://gass.cat/
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