Se llama Alba

522058_609868729042182_1340269494_nMi hija mediana se llamaba Eva. Cuando nació los médicos me recomendaron una ligadura de trompas para evitar cualquier otro embarazo, me dijeron que no tuviera más hijos a causa de mi precaria salud. Pero no me vi capaz de tomar una decisión tan drástica y opté por la colocación de un dispositivo intrauterino como método anticonceptivo hasta que estuviera preparada emocionalmente para la otra opción.

Mi hija pequeña se llama Alba. Tiene, a sus 20 años, un potencial increíble. Me siento orgullosa de ella. Me quede embarazada de ella llevando un segundo DIU, recién cambiado el anterior. Intuí algún problema cuando tuve la primera falta y acudí al ginecólogo. Un análisis de sangre confirmó que estaba embarazada de 6 semanas. Inmediatamente extrajeron el dispositivo del útero. Me advirtieron que al sacarlo, sólo con que hubieran rozado el incipiente embrión, abortaría de manera espontánea en los próximos días. Pero si no había habido contacto, el embarazo seguiría adelante sin problemas para el bebé, como así ocurrió.

Entonces, debido a los problemas renales que yo tenia, los ginecólogos aconsejaron el aborto inducido y pusieron una fecha límite dentro de los márgenes legales. Abortar era mi decisión y tenía muy poco tiempo para tomarla. Me explicaron muy bien que los riesgos para el bebé eran mínimos, me hicieron las pruebas genéticas de amniocentesis, para descartar cualquier anomalía fetal y salieron perfectas. Supe que era una niña.

La presión familiar, empezando por mi pareja, fue brutal. Cuando ya, con toda la información, dije que deseaba seguir con el embarazo, asumiendo el riesgo que comportaba para mi salud, sólo mi madre me comprendió. Estuve días sin hablar con mi marido mientras se acercaba la fecha marcada en el calendario. Tres días antes acepté abortar, porque no iba a obligarle a pasar por lo mismo que había pasado con Eva, si los médicos se equivocaban y las cosas se complicaban de nuevo. Le expusé todo lo que pensaba.

Mi decisión no era por motivos religiosos o morales. Yo deseaba otro hijo. Lo habíamos deseado ambos, tener varios hijos. Y si a Eva le dimos una oportunidad con toda la problemática que arrastraba y la llegamos a querer tanto, me preguntaba como podíamos renunciar a esta nueva hija que venia saltándose a la torera todas las dificultades y parecía sana.

Referente a mi salud, no estaba garantizado que en unos años esta no se deteriorase a pesar de abortar. Por otra parte sabía no iba a superar emocionalmente un aborto, cuando aún no me había sobrepuesto de la pérdida de Eva. Si cualquiera de las pruebas sobre el estado del feto salían mal, tenía claro que hacer y donde ir a abortar aunque estuviera en avanzado estado de gestación. Con argumentos convencí a mi pareja.
Mi embarazo no fue fácil, me volvieron a ingresar a los siete meses como en mi embarazo anterior, tuve un cólico renal y pielonefritis, terriblemente doloroso. Lo superé sólo con antibióticos e ingresada. Apenas me medicaron o acepté calmantes para soportar el sufrimiento.

No salí del hospital hasta los ocho meses y medio que nació mi hija. ¡Guapísima! Pasé un infierno, pero valió la pena. Y me siento orgullosa de mi decisión. Pero ahí está mi derecho a sentirme orgullosa. ¡TUVE EL DERECHO A DECIDIR!.

Nadie más tiene derecho a decidir sobre mi cuerpo o mi alma. Y lo que está dentro del cuerpo de la mujer, es de la mujer. Ni del gobierno, ni de la Iglesia, ni del hombre.
La ley del aborto de entonces me permitió a mi decidir libremente y con un gran apoyo por parte de los médicos. Eso si, salí del quirófano donde me practicaron la cesárea, con una  ligadura de trompas obligada por las circunstancias.

Ocho años después me diagnosticaron el origen de mis problemas renales, un hiperparatidoidismo congénito con secuelas renales y óseas (Paget). Cuando la enfermedad entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Mi marido se buscó a otra, tras treinta años de relación.Yo me hice cargo de mi hija menor y él de su manutención. Hoy, al ver como mi hija me apoya y se preocupa por mi, pienso lo sola que estaría si hubiera tomado la decisión errónea motivada por el miedo. Pero hubiera sido mi decisión y hubiera tenido que apechugar con ella.

El Gobierno impone su ley-decisión antiabortista, pero no apechuga con las consecuencias que cargan las familias y especialmente las mujeres como cuidadoras. La retirada de la ley de la dependencia es una incongruencia con la modificación de la ley del aborto de Gallardón. Nadie tiene derecho a imponer que un embarazo llegue a termino si la madre no esta preparada para asumir todas las consecuencias.

No existe apoyo social a las personas con discapacidad orgánica, el “tabú” que nadie quiere contemplar. El riesgo que un embarazo provoque daño en los órganos de la madre, es real, incluso en una madre supuestamente sana. Las estadísticas de que las mujeres padecemos más enfermedades crónicas que los hombres está sobre la mesa de Sanidad. Pero temo que ahora, la próxima intención de Gallardón sea eliminar el supuesto de grave riesgo para la madre, el derecho que yo tuve a decidir hace 20 años.

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