Cantos fúnebres I: Lloronas y plañideras

Cuando el monopolio funerario impuesto por los fríos y modernos tanatorios parecía condenar al olvido este oficio de la Edad Media, extinto desde hace dos siglos, ahora está siendo rescatado para salvar la economía de muchas mujeres en tiempos de crisis. Las plañideras se han adaptado a las nuevas tecnologías.

Por el módico precio de 20 euros la hora se puede contratar un servicio sencillo de llantos, rezos y lamentos, a través de la pagina web: La Buena Muerte. 
Interesante el servicio que ofrecen del Rito Egipcio: 40  euros la hora, lamentos estentoreos, gritos, arañazos, carpere, golpes en el pecho, lodo, inclusive el vaso lacrimatorio para depositar en la sepultura. Respecto a la indumentaria puede ser de inspiración egipcia, o vestido negro con peineta o velo negro.

Otra opción destacable: Plañideras Culturales de Valencia 
Donde anuncian:

Ante el malestar del panorama cultural lloramos por usted.

¡Me apunto! 
Estoy planteando enviarles mi currículum vítae, (no se si en este caso deberia decir currículum mortuoríe) Tras mi trabajo en la producción de Lagrimas en Salmuera,  experiencia de llorona tengo. Para sacar las lágrimas sólo hay que pensar en el futuro que nos espera y así salen solas, ¿verdad? Aprovecho  este post  para ir estudiando en profundidad el tema y saber mas de que va el antiguo oficio de las plañideras para una posible prueba de acceso a este duro trabajo.

Una plañidera era una mujer a quien se le pagaba por ir a llorar al funeral de alguna persona. Cuanto más rico era el muerto más plañideras asistían a las ceremonias. Las plañideras solían vestir una túnica gris y un velo. Llevaban consigo un recipiente en el que recogían sus lágrimas (el lacrimatorio o vaso de lágrimas). Esa vasijita era depositada en la tumba del difunto para dejar constancia de la aflicción de sus seres más allegados. La mención de estas mujeres  se remonta a los albores mismos de la civilización.  La palabra viene de plañir (llorar, gemir, sollozar, clamar) y ésta del latín plangere. Los llantos funebres fueron una tradición tanto judía como cristiana, griega y romana.
En el que es considerado el relato de ficción más antiguo de la historia, la Epopeya de Gilgamesh, escrita en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme a finales del año 2000 a.C., aparecen plañideras. En la versión Babilónica Antigua se dice:

“Para Tammuz, el amante de tu juventud, has ordenado llantos año tras año.” Y en otra tablilla podemos leer:“¡Escuchadme, ancianos, escuchadme: soy yo quién llora por Enkidú, mi amigo! Me lamento amargamente, como una plañidera.”

Pintura mural en la cámara funeraria de Senedyem, 

En el antiguo Egipto está documentado el oficio de plañidera; se pagaba a ciertas mujeres para que acompañasen al cortejo fúnebre, al que precedían danzando, llorando y lamentándose en recuerdo del difunto. Se purificaban previamente masticando natrón, y se perfumaban con incienso, vestían totalmente de blanco o azul y usaban pelucas rizadas de las que se arrancaban los cabellos. También eran llamadas Cantoras de la diosa Hathor. Según los expertos su gesto tenía un efecto terapéutico para que la gente se desahogase y llorase la pérdida.

Para expresar de un modo más enérgico la desolación que debía causar al pueblo judío la devastación de Judea, el profeta Jeremías dice que el Dios de Israel  mandó a su pueblo a hacer venir lloronas que él designa bajo el nombre de lamentatrices. Del pueblo hebreo pasaría a otras naciones, y sobre todas, se conservó entre los griegos y romanos. El acto de rasgar las vestiduras ante la muerte de un familiar cercano toma el nombre de Keriá en la costumbre judía y se remonta al Génesis.  

En el duelo (del latín praefica ), en la antigua Roma  daban el nombre de “praefica” a la plañidera principal de cada comitiva, porque era ella la que presidía las lamentaciones y la que daba a sus compañeras el tono de tristeza que convenía según la clase de difunto.  En el cortejo fúnebre, precedido del ataúd, la comitiva de lloronas  estaba detrás de los portadores de la antorcha: con el pelo suelto en señal de luto y lanzando lamentos y cantando  alabanzas al muerto, acompañadas de instrumentos musicales, a veces arañando sus caras y arrancandose mechones de pelo. Las vociferadoras griegas y las praeficae romanas dejaban suelta su cabellera y eran contratadas para llorar al muerto con el afán de hacer más emotiva la ceremonia y aumentar el dramatismo del funeral.  Loaban y hacían panegíricos de los difuntos a los que, en ocasiones, simulaban conocer en una teatralización de la vieja costumbre de hablar bien del finado porque, según creencia ancestral, podían volver para importunar a los vivos. De ahí el dicho popular de: “Dios te libre del día de las alabanzas.
“La plañidera actúa como una especie de actriz trágica capaz de llevar al público o cortejo a la catarsis. Es la purgación, la purificación del universo luctuoso provocada por el aumento de la tensión dramática.” 
… ”Ellas guían también a los vivos al consuelo, reconduciéndolos a sus vidas ahora desfalcadas. Su presencia es, en medio del dolor, signo de estatus. El llanto revela, ante la comunidad, la importancia de la vida del que se ausentó. Es preciso ofrecer un espectáculo para que no halla dudas al respecto del amor y del respeto devotado a aquel que partió”.

“Ismail Kadare cree que las plañideras son las verdaderas fuentes embrionarias del teatro greco. Si para Nietszche el origen de la tragedia está en las fiestas dionisiacas, para Kadare la tragedia greca es un prolongamiento de los rituales de los cantos fúnebres. Cantos entonados por rezadoras en los entierros. Las plañideras serían, pues, las primeras actrices trágicas (hypokrites, origen del término hipócrita), puesto que interpretan un dolor que nos les pertenece.” 

Gabriela Frota Reinaldo, 
“Las plañideras, el encantamiento y el doble”, en Espéculo: Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2004.

                                                                                         

En el antiguo islám de la Peninsula Iberica sufría una reprobación general el oficio de plañidera, al que se lo consideraba específicamente femenino. Estas mujeres eran contratadas para llorar, gritar y golpearse pecho y rostro durante los servicios fúnebres. Si bien recibían un salario, el Derecho Malikí estableció que la plañidera no estaba capacitada para prestar testimonio en un juicio ni ser testigo, incluso se las podía penalizar con castigos físicos.

La condena a este oficio surge del comportamiento que se esperaba de una mujer en público: recato y silencio. En este sentido la llorona altera el orden público pues no solamente alza la voz sino que corre por las calles con el rostro descubierto. Por lo tanto, lo condenable no es solamente el acto de manifestar dolor, aunque sea ficticio, sino el espacio social en que se hace. En el imaginario popular, las lloronas o doloridas, también llamadas voceratrices y lamentatrices, están acompañadas de un aura relacionada a lo mórbido, lo siniestro y hasta lo fantasmagórico. En el estereotipo son siempre mujeres, señoras solitarias, económicamente desesperadas, probablemente viudas, que visten siempre de negro, desagradables a la vista y el trato, más cercanas a la imagen de una ruin hechicera que a la de una inmaculada y pétrea servidora de Dios.

En México abundan las plañideras, sobre todo en las comunidades y ranchos en donde todavía hay gente que se presta a llorar. En el Museo de la Muerte, cada año se celebra el Concurso Nacional de Plañideras, organizado por la Dirección de Turismo del Municipio de San Juan del Río, con la intención de ayudar a preservar esta tradición del arte del bien llorar y de expresar dolor por alguien “que se adelantó en el camino”, a pesar de que no se le haya conocido en vida. También para rescatar esta forma de expresión teatral que tiene por lo menos cuatro siglos de vigencia.
Esta práctica se desarrolló desde los siglos XVI y XVII. Había gente que moría en los caminos por muchas razones. Era asaltada, venía de España pero no tenía familiares; entonces, se pensó en “montar” el escenario de su funeral con gente llorándole, como si fuera un vecino conocido. “La gente pudiente contrataba a estas mujeres para que lloraran en los sepelios y en los rosarios, para que dijeran que había sido tan buena esa persona que le lloraban mucho y muchas personas, además de ser pudiente”, refiere Gustavo Ríos director de Turismo sanjuanense, 
Ortegadelrio / La Ultima Plañidera
Documental de una plañidera del Cementerio Calancala de Barranquilla, se ha alquilado para llorar durante 45 años. Con este trabajo milenario tan viejo como la muerte, Lola sobrevive llorando muertoa ajenos.  Una competencia laboral, bastante inusual, tiene a Lola al borde de una crisis, los homosexuales han entrado al negocio, quienes le roban la clientela valiéndose de un histrionismo mucho más exagerado. El escenario de la muerte y sus nuevos compañeros de trabajo, le darán a Lola la posibilidad de aprender una lección de vida. 
 En España, la figura de la llorona aparece reflejada a lo largo de toda la geografía. Así pues, para poner un ejemplo, encontramos las choronas en Galicia, las erostariak a Vizcaya o las nigaregileak en la Baja Navarra. El papel de las plañideras, quienes cobraban por realizar dicho “servicio”, ha quedado actualmente en desuso, sobre todo debido a que la Iglesia Católica en el siglo XVIII amenazó con excomulgar a quien continuase llorando y gimiendo alto por un muerto desconocido a cambio de dinero.  El Vaticano castigaba pues a la mujer, la “pecadora” que recibía  dinero por falsear sus emociones y abría la puerta al Cielo al difunto que se beneficia del cuerpo lloroso. Como pasaba con las prostitutas, las plañideras conservaban el repudio hipócrita de las sociedades rancias y el estigma de la perversidad religiosa.
En las procesiones de Semana Santa, aún es usual ver plañideras llorando tras los pasos, reflejando así su pena por la muerte de Cristo. También, las plañideras mas exhibicionistas animan con sus descarados sollozos el Carnaval con el Entierro de la Sardina. Ambas celebraciones estan relacionadas con las antiguas fiestas paganas de los Misterios Eleusinos. Estos eran ritos de iniciación anuales al culto a las diosas Deméter y Perséfone que se celebraban en Eleusis (cerca de Atenas), en la antigua Grecia, pero que se extendieron a toda la Magna Grecia y posteriormente al Imperio romano.

El entierro de la sardina cerró el programa de actos del Carnaval en Peñaranda-2013

Los misterios eleusinos celebraban el regreso de Perséfone con su madre Deméter, pues éste era también el regreso de las plantas y la vida a la tierra. Perséfone había comido semillas (símbolos de la vida) mientras estuvo en el inframundo (el subsuelo, como las semillas en invierno) y su renacimiento es, por tanto, un símbolo del renacimiento de toda la vida vegetal durante la primavera y, por extensión, de toda la vida sobre la tierra.

El mismo rito conmemora la fiesta cristiana de la «Semana Santa», que es narrado en el drama cristiano: la Madre Dolorosa llora la muerte de su hijo Jesús (la semilla) que resucitará días después como cereal, para dar de comer a la humanidad.

                                                                                 

Con la llegada de la ciencia moderna en el siglo XIX, la medicina extiende la esperanza de vida y las supersticiones alrededor de la defunción dejan paso a la conciencia de ésta como evolución natural. La burguesía fallece en la privacidad del hogar y se permite la asistencia de las mujeres familiares a los entierros. Ya a partir de la tercera década del siglo XX, las sociedades se vuelven más individualistas y la muerte se recibe en los hospitales, a distancia de los familiares, además de que ahora “el papel de los allegados es ayudar a mitigar el dolor y no aumentarlo.”  Elsa Muñiz, ob. cit.

      Fuentes de inspiración y/o documentación:                       
      Bibliografía:                                                                                
  • AVILA, María Luisa: Las mujeres sabias de al-Andalus. En “La mujer en al-Andalus. Reflejos históricos de su actividad y categorías sociales”. M.J.Viguera Molins ed.
  •  Elsa Muñiz, “Llorar, llorar y llorar… El oficio de las mujeres en los rituales funerarios”, en Guadalupe Ríos, Margarita Alegría, Elsa Muñiz, Edelmira Ramírez, Marcela Suárez, De muertitos, cementerios, lloronas y corridos (1920-1940), Universidad Autónoma Metropolitana, México D.F., 2002.
  • Biblia de Jerusalem, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1975.
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