Se llamaba Esperanza

b66a5-manosLas abuelas eran un refugio en mi niñez cuando mi animo decaía. Eran mujeres sabias, sabias en conceptos que hoy no valoramos como es debido. Mis antepasados provenían de una estirpe de hombres y mujeres del bosque mediterráneo, y su cultura era en este sentido. Sabían extraer a la naturaleza lo que necesitaban para vivir. Conocían las hierbas, las plantas, las setas, los animales y la completa geografía del entorno en que vivían, desde las bajas montañas de las Gavarres hasta los altos Pirineos, este conocimiento de caminos a pie incluía la frontera de Gerona con Francia. Era su tierra natal.
Mi abuelo materno era carbonero y leñador; mi abuelo paterno, apicultor. Mis abuelas disfrutaban de una casa sencilla, cuidaban el huerto y poseían animales domésticos. Además eran expertas cocineras. Sin necesidad de libros ni apuntes, conservaban en su memoria las recetas y remedios caseros trasmitidos de generación en generación en la familia.
Psilocybe semilanceata  (conocido comúnmente como mongui)  Esta clase de hongos es conocida  por su uso como sustancia psicotrópica.
Psilocybe semilanceata  (conocido comúnmente como mongui) Esta clase de hongos es conocida por su uso como sustancia psicotrópica.

La madre de mi padre se llamaba Esperanza y era especial. Hasta hace poco no me he dado cuenta hasta que punto era extraordinaria. De ella, recuerdo como negativo las interminables discusiones con mi madre. Un ejemplo de los múltiples motivos de sus diferencias era que en el huerto compartido, había un rincón donde crecían unas extrañas setas, según mi madre venenosas. Ella tenia miedo que los niños las tocáramos o comiéramos, pero la abuela no le permitía eliminarlas. Hubo varias discusiones bastante agrias por este tema.

Hace poco descubrí que las pequeñas setas eran Psilocybes como los hongos sagrados de María Sabina. Gracias a Internet, he sabido que se trataba de Psilocybe semilanceata. Le pregunte sobre el tema a mi madre y me contó que su suegra Esperanza las abonaba con excrementos de cabra y que solo nacían debajo de una parra que les daba sombra.

¿Y porque tanto trabajo para mantener estas setas? Mi madre las creía venenosas, pero nunca consiguió vencer la tozudez de mi abuela en no arrancarlas, y evitar su proliferación, hasta que un día pillo a la anciana haciendo una deliciosa tortilla con ellas, que por supuesto mi madre no probo, (era sin cebolla). Nunca mas volvieron a discutir el tema. Los pequeños teníamos prohibido acercarnos a la parra o tocar aquellas extrañas setas, bajo amenaza de pasarnos ambas mujeres, la zapatilla por encima del trasero.

No es la única anécdota brujeríl que recuerdo de mi abuela Esperanza, que vivió hasta los 98 años. La mujer se dedicaba a vender miel que cosechaba mi abuelo y productos derivados, como cera natural (ella hacia sus propias velas), propóleos y jalea real. También hierbas aromáticas que recogía en el monte y con las que preparaba remedios caseros por encargo, como la crema de serpiente a base de cera natural, aceite de oliva y piel de serpiente, que puedo confirmar era mano de santo para las quemaduras.

Sus caramelos de miel y hierbas eran una delicia para niños y adultos con dolor de garganta. Pese a saber la receta de estas “chuches” naturales, nunca he conseguido el punto de blandura, tipo toffe, que ella les daba.
Otra receta era el vino de miel que hacia junto a mi bisabuelo, cuya producción solo era para el disfrute de familia y amigos. También era admirable como atajaba sus crisis de artritis, se dejaba pinchar las manos por las abejas, pero nunca he tenido valor para seguir su ejemplo.

En la terraza (“exida” en cat) de mi abuela que daba al jardín había otro rincón especial, intocable para los niños. Al lado de la cisterna y rodeada de macetas siempre con flores, la abuela tenia una pequeña mesa de piedra con una virgen alumbrada por una vela que muchas veces recuerdo encendida. Pero, el verdadero valor del altar eran las piedras que decoraban la mesa junto a una preciosa caracola. Eran piedras raras y hermosas al mismo tiempo. Cada una era diferente, de forma y  de tamaño, pero  se podían coger con una mano. No eran simples pedruscos que uno encuentra por un camino, sino que mi abuela las había escogido de manera especial, porque le recordaban a los familiares desaparecidos, los que ella había conocido. Estaban además las piedras de los antepasados que heredo de su madre. Padres, abuelos, bisabuelos, tios y hermanos que habían muerto estaban ahí, representados en una piedra sin labrar, igual que una colección de fotos moderna.

Hoy, el acoso escolar se considera lo suficientemente grave para que sea denunciable. Pero entonces poco valor se daba a estas situaciones. En la escuela sufrí “mobbing” por parte de una “chupipandi”, lo que me traumatizo y afecto a mis estudios. Mis padres fueron a hablar con el director; pero ello, solo empeoro la situación. Pase a ser chivata y quejica ante los compañeros, así que opte por callar la paliza posterior que me dieron en grupo y los malos tratos que recibí el resto del curso. Me deprimí por primera vez en mi vida. Solo encontré consuelo en mi abuela. Me llevo al pequeño altar y me entrego la piedra que correspondía a mi bisabuela María, su madre. Una piedra ovalada de granito, blanca y negra con manchas plateadas.
Me dijo que si tenia ganas de llorar porque alguien me había hecho daño, enjuagase mis lagrimas con la roca y fuera fuerte como ella. El espíritu de mi antepasada me protegería y mi piedra-abuela pediría a la Virgen que el mal fuera devuelto al infractor. No se trata de deseos vengativos; simplemente si alguien hace mal u ofende gratuitamente siempre acaba rebotando (en Asia lo llaman karma), ella me explico. Y rebota el mal, vaya si rebota. Mas si uno tiene un buen escudo. El escudo que mi abuela me proporciono eran las cualidades de su madre, paciencia y fortaleza en forma de piedra, que ha funcionado siempre como he podido muy bien comprobar, esperando como aconseja la gente sabia y pacifica, sentada ante la puerta a que pase el enemigo muerto.

Si alguien lo desconoce, se trata de una actitud muy oriental y de un refrán, el cual también podemos encontrar en la forma de proverbio chino: “Siéntate pacientemente junto al río y verás pasar el cadáver de tu enemigo flotando”. Este proverbio llama a la paciencia frente a la adversidad como forma de solucionar los problemas o querellas con otras personas.

Como comente en algún post, mi interés hacia la mitología y la diosa madre surgió a causa de un sueño repetitivo, una osa herida que se oculta en una cueva. Intente buscarle el significado psicológico. A través de Carl Gustav Jung descubrí el arquetipo de la madre. Mi curiosidad despertó con ello y empece a investigar el tema gracias a la facilidad que da Internet. La sorpresa ha sido descubrir que el primer ritual que mi abuela me enseño, esta de una manera u otra, en todas las culturas y religiones a través del culto a los antepasados, luego vinieron otras coincidencias, a mi mente le encanta encontrar coincidencias.

He querido negar durante años el carácter mágico de aquel regalo de mi abuela Esperanza. Para mi, realizar el ritual que me enseño es un acto reconfortante y terapéutico cuando mi estado emocional lo requiere. La forma en que ha funcionado me ha sorprendido siempre. He perdido la piedra dos veces y volvió a reaparecer al cabo de un tiempo. Llevaba doce años extraviada (precisamente los peores años de mi vida).

Hace algo mas de un año la roca reapareció en mi jardín de manera increíble, levante una maceta, un petirrojo vino a picotear el suelo para alimentarse de los gusanos y, mientras observaba enternecida la escena, vi la piedra justo debajo las patas del pequeño pájaro. Inmediatamente volví a convertir a mi piedra-abuela en mi confidente y talismán. Es curioso como desde entonces ha cambiado mi vida a mejor.

“La esperanza es la única abeja que hace miel sin flores.”
Robert Green Ingersoll
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