Elementales: Las Ninfas de las Aguas

2hada0ywLas Ninfas eran divinidades femeninas greco-latinas que habitaban en mares, bosques, árboles, montañas y grutas. Personifican a las fuerzas naturales de los bosques, las fuentes, el mar y los ríos, y presiden en ellos el crecimiento y la fecundidad de los reinos vegetal y animal. Esto quiere decir que eran divinidades ctonicas de la naturaleza.

Ninfa, en griego, significa “la que está cubierta y velada”, y designa a la novia o recién casada. Son, pues, las ninfas Dríades y Melíades, así como las Náyades (ninfas de las fuentes y los ríos), uno de los orígenes de la asociación del agua con los ritos de fertilidad y fecundidad.  Las ninfas están en su mayoría en la flor de la juventud, tienen temperamento amoroso, y a menudo se unen a los dioses y a los hombres. A su vez, eran capaces de profetizar sobre el destino de los hombres y mediante las aguas curar sus males.

Las ninfas están en su mayoría en la flor de la juventud, tienen temperamento amoroso, y a menudo se unen a los dioses y a los hombres. A su vez, eran capaces de profetizar sobre el destino de los hombres y mediante las aguas curar sus males. Las ninfas son personificaciones de las actividades creativas y alentadoras de la naturaleza, la mayoría de las veces identificadas con el flujo dador de vida de los manantiales. Como señala Walter Burkert,

«la idea de que los ríos son dioses y las fuentes ninfas divinas está profundamente arraigada no solo en la poesía sino en las creencias y rituales; la adoración de estas deidades está limitada solo por el hecho de que se identifican inseparablemente con una localidad concreta.»

En la Peninsula Ibérica, son numerosos los santuarios o lugares consagrados al culto de las aguas y las ninfas: las Nimphae Ameucni, en León; Aquae Eleteses, en el balneario de Retortillo (Salamanca); Nimphae Tanitacuae, en Baños de Molgar (Orense); las Nymphae Varcilenae, de Arganda; Nimphae Caparenses, en un balneario de aguas termales con ninfeo, en Montemayor (Cáceres); Genius Fontis Agineesis, en un manantial de agua medicinales de Boñar (León), las Ninfas del río Sil .

Aunque las Ninfas eran divinidades no sólo de las fuentes y de los ríos, sino también de las montañas y de los bosques, la mayor parte de las inscripciones que en España tenemos de ellas, salvo alguna de aplicación incierta, se enlazan con el culto de las aguas y especialmente de los manantiales salutíferos, tan difundido aquí como en la vertiente pirenaica de la Galia meridional.
Afirmaba Alexandre Bertrand en su obra sobre la religión de los galos, que de todos los cultos antiguos, el más extendido, el que mejor respondía a los instintos del pueblo, el que más huellas ha dejado en el territorio francés, es el culto a las aguas.

Las Ninfas, además de asimilarse con las divinidades indígenas de las aguas, recibieron culto como diosas romanas puras en el campamento legionario de León, tanto por ser protectoras de la salud, como por otros contenidos místicos.

La ninfa Fontana de las Aguas y las Fuentes, en cuyo honor se celebraban las fiestas “Fontanales” o “Fontanalias” ( el 13 de octubre), y las fuentes se adornaban con coronas y guirnaldas y donde el culto parece dirigirse a la fuente misma: Fons Saginiensis, en Asturias (C. II, 2.694); Fontes, en Mérida (C. II, 466); Fontanus y Fontana, en Bencatel (Portugal).

Desde los tiempos más remotos, el agua, fons vitae, fue venerada como salutífera, y las fuentes eran objeto de adoración por los pueblos indígenas. En las religiones primitivas de la Península, las fuentes se identifican con el lugar donde, por lo general, habitan seres beneficiosos, preferentemente femeninos, que alcanzan incluso la categoría de deidades. La creencia en estos seres acuáticos se extiende por toda Europa, siendo conocidos en la Península bajo diversos nombres y figuraciones: donas y mouras, en Galicia, encantadas y encantadoras en el suroccidente de Asturias, xanes en la zona central de Asturias, inxanas en el oriente asturiano y anjanas en Cantabria, lamias y lamiñak en el País Vasco, donas d’aigua en Cataluña e Islas Baleares; y ya fuera de España, las jans portuguesas, las fairies irlandesas, las korrigans bretonas, las aguane italianas, las nereidas griegas, las fées francesas, las fenetten alemanas, las rusalki rusas, las nixies nórdicas, etc., que remiten a una antigua divinidad de origen indoeuropeo posiblemente la ancestral diosa Anna/Dana y a creencias hidrolátricas en torno a una diosa-madre acuática que ha dejado numerosos vestigios en la toponimia asturiana. No nos debe extrañar, por otra parte, que las ninfas se sincretizasen con estas divinidades indígenas así como con las Duillae…

Las Duillae son unas divinidades femeninas de la naturaleza, bien relacionadas con la fecundidad, haciendo la función de diosas madre o con elementos del paisaje, como el bosque o las aguas (Saavedra, 1990, p. 763). Conocemos estas divinidades por dos aras votivas procedentes de Pallantia

La “Muerte Pelona” es una lápida granítica o Ara Votíva que se halla incrustada en la pared sur de la Iglesia de Tejeda de Tiétar y que posee la siguiente inscripción: “Votvm fecit libe (nier) Selais Duillis Ivlive”“Julio hizo un voto libremente a las Selais Duillas”

Las Xanas eran divinidades acuáticas de la mitología céltica de Asturias, que habitan en las fuentes, la orilla de los rios, lagunas y cuevas. Son de pequeña estatura y muy bellas, con cabello rubio y muy largo, que sujetan con cinta de perlas o de flores. Sus voces que compiten con las de los trinos de los pájaros, se convierten en redes de las que pocos hombres pueden evadirse. Sólo se muestran al amanecer (preferentemente durante el sabbat de Yule) peinando sus cabellos con peine de oro. Donde hay una xana, hay también un tesoro y un hilo, del que habrá que tirar y llegar hasta el final. De esta manera, la xana podrá ser desencantada. Son poseedoras de grandes riquezas y espléndidos ajuares que tienden a secar sobre la hierba, y en ocasiones aparecen acompañadas de gallinas con pollos de oro.

En “Las brujas y su mundo”, el historiador Julio Caro Baroja relaciona la figura de la “xana” con la de la diosa Diana (Artemisa), como variante regional de un mito común en diversas mitologías europeas. Jana era un antiguo nombre con que se designaba a las hechiceras durante la Edad Media. Un ser feérico equivalente con el nombre de anjana se encuentra también en la vecina mitología cántabra.

Cuentan viejas leyendas que en el Monte Naranco hay una fuente de la que brota un hilo de oro. Más de una aldeana ha tomado su extremo, y ha ido tirando de él, mucho rato, el hilo no parece tener fin… hasta que se rompe. Entonces el hilo desaparece, y resuena el lamento de la xana que aguarda al otro lado, sujetando el otro extremo, pues al no llegar a ella, no puede romperse el encantamiento al que está apresada.

La leyenda se encuentra muy arraigada en parte de la León y Asturias, como prueba el gran número de topónimos que llevan por nombre Les Xanes (plural de xana en asturiano, leonés o astur-leonés), por ejemplo, el Desfiladero de las Xanas.
La mitología nórdica y la griega -encarnada en las ninfas y dríades de Homero y Ovidio- influyeron en el concepto que los primeros bardos se formaron de las hadas, pero andando el tiempo los escoceses, irlandeses, galeses y otros pueblos europeos llegaron a poseer un cuerpo lleno vivo de tradiciones, fundado principalmente en las leyendas celtas.

En la mitología cántabra se las llama anjanas, entre las que están las Ijanas del Valle de Aras, cuya característica es que tienen pechos descomunales y son feas, pero pueden cambiar de apariencia a voluntad. Este mismo tipo de hadas se encuentra en la isla de Gotland, en Suecia. En Galicia se llaman fadas, en Asturias reciben el nombre de xanas, en Cataluña además de fada, se le llaman goljas y en Baleares Damas de aiguo.

La anjana (de jana, antiguo nombre con que se designaba a las hechiceras durante la Edad Media) es uno de los personajes más conocidos de la mitología cántabra. Estos seres feéricos son la contrapartida a los crueles y despiadados ojáncanos y ojáncanas y en la mayor parte de las versiones son las hadas buenas de Cantabria, generosas y protectoras de las gentes.

Las mouras o donas en la mitología gallega, son mujeres bellísimas y encantadas que habitan en las fuentes, ríos, castros, mámoas y ruinas de antiguos monumentos. De cabellera rubia, ojos azules y piel blanca. Llevan vestidos blancos que cubren sus pies descalzos. Se sientan a orillas de los manantiales o ríos, donde lavan y peinan sus largos cabellos con peines de oro. Prometen tesoros y grandes riquezas a aquel que rompa su hechizo.

En las fuentes, morada de las ninfas, mediante sacrificios y plegarias los sacerdotes griegos y romanos invocaban los favores de la divinidad a la que estaban consagradas. Esa costumbre estaba muy extendida en la Península Ibérica, siendo condenada por los concilios de Toledo de los años 661 y 693, con tan escaso éxito, que pronto la Iglesia optó por cristianizarla dedicando fuentes y manantiales a la Virgen o a San Juan. De Santander a Galicia existe la creencia de que se puede coger la flor del agua que brota en el cristal de las fuentes cuando rompe el alba en la mañana de San Juan. En ese preciso instante, si la coge una muchacha le otorga un pronto y feliz matrimonio.

Hilas y las ninfas  John William Waterhouse. 1896. Óleo sobre lienzo. 132 x 197. Manchester Art Gallery. Manchester El cuadro recoge la escena en la que Hilas, seducido por la belleza y la sensualidad de las ninfas, que están bañandose desnudas en el lago, es atraído hacia el lago donde encontrará su trágico final. Foto: Wikimmedia
Hilas y las ninfas
John William Waterhouse. 1896. Óleo sobre lienzo. 132 x 197. Manchester Art Gallery. Manchester
El cuadro recoge la escena en la que Hilas, seducido por la belleza y la sensualidad de las ninfas, que están bañandose desnudas en el lago, es atraído hacia el lago donde encontrará su trágico final.
Foto: Wikimmedia
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