Mari, la diosa Madre de los Pirineos

mari_euskal_jainkosaEl carácter abrupto del territorio vasco, situado a ambos lados de la cadena montañosa de los Pirineos en la Península Hispánica, lo volvió casi inaccesible por siglos. Ese aislamiento es uno de los factores fundamentales que explican la pervivencia de una cultura y una cosmogonía cuyos orígenes son tan misteriosos como los de su pueblo.

La Gran Diosa Mari es el numen principal de la mitología vasca precristiana. (además de ser relacionada y a veces confundida con Amalur). Ama-lur en euskera significa “Madre Tierra” o “Tierra Madre”. Mari también es conocida como Maddi, Amari o Maya (que significa Dama o Señora), sabemos que no corresponde a un nombre riguroso con respecto a esta entidad.

Según la tradición, Mari representa tanto a los fenómenos naturales (tormenta, viento,…) como a los animales (cuyas variadas formas adopta). Esta vinculada a espacios sagrados (manantiales, cuevas, montañas,…) y rige la conducta de los seres humanos.

Mari vive bajo tierra. Todos los demás seres y genios están supeditados a ella. Como reina de las divinidades ctónicas y genios subterraneos, siempre aparece como figura de mujer bella, elegantemente vestida (en algunas leyendas de rojo). Mari suele peinar sus dorados cabellos al sol, sentada junto a la puerta de su cueva; o bien junto al fuego de la cocina. En su ritual de peinar y atusar su cabellera con peine de oro, Mari construye y desconstruye el mundo, habitando su oquedad, su vacío y “el lado del espejo”.

Mari es la Maga euskara. Sus propios nombres y funciones la hacen Maga, Hechicera, Encantadora y Bruja. Posee las llaves del sol, el viento, las aguas y la tierra, los cuatro elementos. En sus apariciones surge controlando dos de los cuatro elementos: envuelta en llamas y como viento fuerte o volando. Ella reside en el seno del elemento tierra; regula las lluvias y la fertilidad asociada con el elemento agua. Anima a los elementos aire y fuego al dominar la actividad eléctrica de la atmósfera surcando los cielos envuelta en llamas o convocando tempestades desde su carro de nubes tirado por caballos. En este sentido se asemeja a los dioses celestes masculinos del panteón indoario (Zeus, Thor).
Así pues, Mari somete la naturaleza entera a su voluntad, ella misma es la naturaleza misma o una personificación de ésta, dominando los fenómenos climatológicos, carácter fundamental en un país eminentemente agrícola.
Como Señora de los Animales o Dama de la Naturaleza, es posiblemente la deidad más arcana de todo el Pirineo. Hubo un tiempo en el que la cosmovisión de las primeras culturas europeas en nada se diferenciaba de la del resto de pueblos indígenas de nuestro planeta. Durante un inmenso periodo de más de 35.000 años (del Paleolítico al Neolítico) y según las evidencias del arte simbólico prehistórico y las mitologías arcaicas, una misma cosmovisión en torno a la figura de la Gran Madre Naturaleza fue compartida en todo el continente euroasiático: desde el Cantábrico hasta Siberia, llegando hasta Oriente Próximo y el Valle del Indo.El posible hallazgo más arcaico del culto a esta entidad podría registrarse en Karrantza (Bizkaia) y data de la cultura Magdaleniense (una de las últimas culturas del Paleolítico Superior, que se percibió al norte de España, entre otros países de Europa -Francia, Suiza y Alemania-), es decir, una cultura que va de entre el 15.000 y el 8.000 antes de la era común. La fe en Amalur es muy antigua en el pueblo vasco, anterior a la invasión de los pueblos indoeuropeos. Ya que estas culturas que llegaron del este a Europa, fueron las que introdujeron la creencia en las divinidades celestes.Mari es el ejemplo actual que demuestra que las teorías de Gimbutas van bien encaminadas es está Gran Madre que representa, según la arqueóloga, un excepcional nexo con la cosmovisión originaria de los primeros europeos. Al igual que la Diosa neolítica, Mari es la figura central del panteón mitológico vasco precristiano, como diosa de las cosechas, de los cereales.

“El numen central de la mitología vasca es de sexo femenino, su nombre es Mari o Maya […] Hace funciones de oráculo, guía de los fenómenos climatológicos (característica fundamental para un país agrícola) y somete la naturaleza entera a
su voluntad (ella misma es la naturaleza, una personificación de ésta). Mari castiga la mentira, la jactancia, la falta de ayuda al prójimo, encargándose, asimismo, de que se cumpla la palabra empeñada y, sobretodo, de que se lleve a término la voluntad de la madre. Igualmente, educa y transmite conocimientos (misterios) a la mujer.”
Txema Hornilla, “Los héroes de la mitología vasca”

Así explica el etnógrafo J.M de Barandiaran la multiapariencia de la Diosa vasca Mari:

“A pesar de la variedad de formas que los relatos populares atribuyen a Mari, todos convienen en que ésta es un numen de género femenino. Mari toma generalmente figuras zoomorficas en sus moradas subterráneas, forma de mujer en la superficie de la tierra y de mujer o de una hoz de fuego cuando atraviesa los aires. Las figuras de animales, como la de toro, de macho cabrío, de novillo rojo, de caballo, de serpiente, de buitre, etcétera, a que hacen referencia las narraciones relativas al mundo subterráneo, representan, pues, a Mari y a sus subordinados, es decir, a los númenes telúricos”
J.M. de Barandiaran, “Mitos del pueblo vasco”

Mari es la manifestación de las fuerzas de la naturaleza divinizadas. Pero no en el sentido de divino que entienden las grandes religiones patriarcales, sino en el sentido de sagrado de los pueblos indígenas. Es decir, Mari no es ajena a la creación (trascendencia), sino que ella misma es la creación (inmanencia) y por tanto, todos los seres y ciclos naturales no son más que distintas expresiones de una misma cosa, de Mari. Este es el sentido de sus metamorfosis y de su multiapariencia. Y en este mismo sentido hay que entender pues, las distintas manifestaciones de la Gran Diosa neolítica europea.

La mitología vasca está relacionada con la mitología nativa americana, en el sentido de que está basada en la Tierra con fuerzas ctónicas y teluricas de tiempo circular. Al contrario que la mitología griega-hebraica, que es celestial y que dio inicio al tiempo lineal. Si Pachamama es la diosa de los Andes americanos, Mari – Amalur es el nombre de la Gran Diosa de los Pirineos españoles. Amalur igual que la Pachamama es la Tierra que se nos muestra como habitáculo de todos los seres vivos, poseedora de fuerza vital propia que ha creado nuestro entorno natural. Es la que hace posible la existencia de animales y plantas, y la que nos da a los seres humanos el alimento y el lugar necesario para vivir. La Tierra es un enorme recipiente, un receptáculo ilimitado, donde viven las almas de los difuntos y la mayoría de los personajes mitológicos.

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Símbolo de Sugar . En la mitología vasca, Sugaar –también llamado Azucara, Sugoi o Maju– es una deidad vasca pre-cristiana masculina asociada a las tormentas y otros factores climáticos. Normalmente tiene la forma de dragón o de serpiente. Su rol primordial es el de unirse con su consorte Mari para generar las tormentas en la serranía.

Mari se casó con el dios Sugaar, también conocido bajo el nombre de Sugoi o Majue es una serpiente macho o dragón, que según la tradición mitológica vasca es el amante divino de Mari que habita en la cueva de Balzola sólo asoma a la superficie cuando va a encontrarse con la diosa. Tiene la capacidad de transformarse en un ser humano. Representa las fuerzas masculinas celestes simbolizadas arquetípicamente como una serpiente-rayo. Cuando Mari se acopla con Sugaar generalmente los fines de semanas empezando los viernes, se desencadenan las peores tempestades, con granizo, piedra, rayos y truenos. Los vascos piensan que tuvo un orgasmo un poco violento y que es eso causa las terribles tormentas, terremotos etc.. No es un castigo de unos o más dioses cualesquiera como se se lo explica en otras creencias, sino que es la propia dualidad incontrolable de la diosa cuando se excita.

Mari tiene dos hijos: Mikelatz o Mikelats y Atarrabi o Atagorri, que están siempre enfrentados, una representación paleocristiana del bien y del mal.
Mari con Sugar además tuvo a sus hijas: la diosa Basa Grande, la diosa Eguzki, y la diosa Hargi.

Mari es señora del Destino y de la Muerte. Como guardiana y señora del inframundo, no solamente es la específica divinidad lunar y nocturna, sino albergadora de las almas de los antepasados. Su santuario–cueva representa por sí mismo un lugar de ida y vuelta, de transmutación y transformación, de regeneración, en suma. La caverna, como el mundo subterráneo que alberga a los muertos, es lugar-límite, prohibido y transgredido a la vez. Ella misma vive del “no” , la “negación”, el “envés”, es decir “la otra cara” de las cosas: la muerte, la negatividad, oscuridad y nocturnidad.

En efecto, se dice que Mari vive de la negación de lo que es y de la negación de lo que no es, abordando de este modo las tensiones en la realidad circundante a fin de equilibrar los opuestos.

“La sabiduría ancestral condensada en Mari, enseña que “lo dado a la negación la negación lo lleva”(Ezaí emana, eak eaman; Ezagaz eta baiagaz bizi emen da). Nos muestra que faltar a la palabra, al otro, a la tribu, es ser maldito por romper la ley de los antepasados (mairuak). El compromiso con la propia tierra, con los seres humanos fruto de ella, es ineludible.”

Jakue Pascual y Alberto Peñalva, “El juguete de Mari”

Se le atribuía la costumbre de destruir a sus amantes (representantes del paredro / semilla a los que mataba el 14 de febrero en su identificación de la constelación flecha antes de devolverlos a la vida) porque no toleraba el dominio masculino, que ejemplifica la libertad femenina de la sociedad matriarcal.

Con los hombres se comporta de forma tiránica, o todo lo contrario, los llega a enamorar mostrándose como una mujer dócil y trabajadora, pero siempre con fin de impartir justicia por medio de la regla del no: si mientes, negando que posees algo que sí es tuyo, Mari te lo quita. Entre sus misiones está el castigar la mentira, el robo y el orgullo.

Mari es recogida en numerosas leyendas de diferentes formas, y es percibida bajo diversos aspectos. A veces se aparece en los valles, transformada en árbol con rostro humano, o como mujer con patas de cabra y garras de ave rapaz, o montando un carnero, o volando en un carro tirado por cuatro caballos… En cada sitio existe una historia, una leyenda, que habla de su origen (en muchos casos con elementos posteriores al cristianismo, como el demonio, el bautizo, etc). Aún se la venera y se la considera ancestra de los señores de Vizcaya. Se la representa en forma de árbol sagrado, un árbol santo representación muy antigua de la diosa (constelación Virgo), a cuya sombra los señores de Vizcaya presentaban juramento de observar las leyes, recuerdo de la primitiva función legisladora de la diosa.

[…] Mari quiere que sean respetadas las personas, prescribe la asistencia mutua y el cumplimiento de la palabra empeñada. Condena la mentira, el robo, el orgullo y la jactancia. Los delincuentes son castigados con la privación o pérdida de lo que ha sido objeto de la mentira, el robo, etcétera. Es corriente decir que Mari abastece su despensa a cuenta de los que niegan lo que es y de los que afirman lo que no es: ezagaz eta baiagaz, «con la negación y con la afirmación », los hombres pierden sus bienes que luego pasan a las arcas de Mari.”

J.M de Barandiaran, “Mitos del pueblo vasco”

A la Dama de Anboto se le atribuyen romances con humanos y el caso más sonado se refiere a su enlace con Diego López de Haro, Señor de Vizcaya y fundador de la villa de Bilbao. Frecuentemente se ha asociado a la “Dama” con personajes de la historia de Vizcaya, creando una simbiosis entre mitología e historia, dando lugar a leyendas con diversas versiones.

Otra de las leyendas cuenta cómo Doña Urraca, hija del rey de Navarra, se casó con Pedro Ruiz, señor de la casa de Muntsaratz de Abadiano. El hijo mayor, Ibon, era el destinado para ser el heredero de tan noble estirpe y odiado por su hermana menor: Mariurrika. Un día en el que se encontraban en el Amboto mientras el hermano dormía, después de comer, movida por el odio y la envidia arrojó a su hermano, con la ayuda de una criada, por las verticales paredes de la montaña. A su regreso dijo que su hermano se había despeñado. Acosada por la conciencia, una noche se presentaron en Muntsarantz los Ximelgorris o genios diabólicos. Desde entonces ha desaparecido y se dice que habita en las cuevas de Amboto.

Mari habita y es vista en todos los montes vascos. Su morada se encuentra en los picos más abruptos y elevados de Euskadi,. En su carácter de diosa telúrica, dicen que cada siete años cambia de morada, y en ese cambio se le puede ver surcar los cielos en un carro de fuego; dependiendo de la cumbre que habite, así será el tiempo que haga, lluvioso o seco. Mari es la encargada de llevar el buen y el mal tiempo de un lado a otro en el País Vasco y se dice que cuando Mari está en Amboto llueve, cuando está en Aloña hay sequía y cuando está en Supelegor las cosechas son abundantes.

Su presencia se hace incluso visible para el que observa el efecto del perfil de las montañas que se asemeja a una dama tumbada: la nariz de la dama (el Alluitz), el cuello (el llamado paso del diablo o puente del infierno (infernuko zubia) y los pies (el Amboto).
Utiliza los siguientes nombre entre otros muchos: Aketegiko Damea (La Dama de Aketegi), Yona Gorri (Señora Roja), Txindokiko Mari (Mari de Txindoki), Aralarko Damea (Dama de Aralar), Arrobibeltzeko Andra (Señora de Arrobibeltz), Lezeko Andrea (Señora de la Caverna) en Ascain, etc…“ La más importante de sus moradas es la cueva de la cara este del Amboto, a la que se conoce como «Cueva de Mari» («Mariren Koba» o «Mariurrika Kobea»), que atribuye a Mari el nombre de «Mari de Amboto» o «Dama de Amboto» («Anbotoko Dama»), y hoy, Anbotoko Sorgina (La Bruja de Anboto).

Mari también existe en la mitología del alto Aragón bajo el nombre de Mariuena.

DIOSA MARI

Fuentes:

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