El Arquetipo de la Gran Madre

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El vocablo «madre», con sólo enunciarse, evoca en la mente de cada ser humano múltiples imágenes.

J. C. Cooper, en su enciclopedia de símbolos, nos proporciona una definición muy útil de la mujer y, por extensión, de la Gran Madre. Dice que la mujer es:

“La Gran Madre, la Gran Diosa, lo femenino simbolizado por la luna, la tierra y las aguas; los poderes instintivos en oposición al orden masculino racional. Es un simbolismo altamente complejo, puesto que la Gran Madre puede ser benéfica y amparadora o maléfica y destructiva; es tanto la guía espiritual como la sirena y seductora, la Virgen Reina del Cielo y la arpía y ramera, la sabiduría supremay la locura abismal es la complejidad total de la naturaleza” (Cooper, Encyclopedia, 194)

El arquetipo de la Gran Madre  representaría uno de los arquetipos principales de lo inconsciente colectivo en la psicología analítica de C. G. Jung. Según Jung, como arquetipo, la imagen de la madre trasciende el plano personal para llegar a uno más colectivo.

El Arquetipo de la Gran Madre tiene todos los rasgos que usualmente han sido atribuidos a las madres en todos los tiempos.  Como todo arquetipo se manifiesta en sus dos aspectos: oscuro y numinoso. Encontramos, entonces, dos tipos fundamentales: la madre nutricia y la madre devoradora.

Las cuatro categorías que Jung (1954b) definió para el arquetipo de la madre son:

1. Autoridad, sabiduría y altura espiritual más allá del intelecto.
Un sentido totalmente positivo del arquetipo de la madre lo expresan aquellas representaciones alegóricas que identifican a la mujer con atributos como La Justicia o La Filosofía, por ejemplo, en los frescos de Rafael (1508-1511) en las Estancias del Papa en el Vaticano. Además, la mujer ha poseído en diferentes tradiciones una importante autoridad religiosa. Un ejemplo de este aspecto del arquetipo son las sibilas griegas, que Miguel Angel (1508-1512) pintó en la Capilla Sixtina del Vaticano, contraponiendo estas adivinadoras paganas a los profetas del Antiguo Testamento; o la Coronación de la Virgen pintada por el Greco (1591-1592).

2. Lo bondadoso, protector, sustentador, lo que da crecimiento, fertilidad y alimento maternal).

3. Lugar de la transformación mágica, del renacer; el instinto o impulso que ayuda.

4. Lo secreto, escondido, tenebroso, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable.

En su ensayo fundamental sobre el particular, “El arquetipo de la madre”, C. G. Jung. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo (página 79) asentó que este arquetipo tiene las siguientes características:

Lo «maternal»: por antonomasia, la mágica autoridad de lo femenino; la sabiduría y la altura espiritual más allá del intelecto; lo bondadoso, protector, sustentador, lo que da crecimiento, fertilidad y alimento; el lugar de la transformación mágica, del renacer; el instinto o impulso que ayuda; lo secreto, escondido, lo tenebroso, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable. – C. G. Jung. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo (página 79)-

Muchos de nuestros más terribles temores están arraigados en la figura arquetípica de la Gran Madre en su aspecto ourobórico. El terror más profundo respecto a ese aspecto devorador del arquetipo se refleja en el mito de las vampiresas, vigente en las culturas de todo el mundo.

El Arquetipo de la Madre la vemos representada en los mitos y leyendas de todas las civilizaciones de todos los tiempos. Está simbolizada por la madre primordial,   las diosas madres mitológicas, todas ellas portadoras de un gran poder de creación y fecundidad y a quienes, por sobre todo, se las venera, aún hoy en día, con el objeto de que haya prosperidad, alimento, buenos cultivos, salud, etc.

La naturaleza, la Madre universal, señora de los elementos, criatura primordial del tiempo, soberana de todas las cosas espirituales, reina de los muertos, reina también de lo inmortal… las sanas brisas del mar, los silencios lamentables del mundo subterráneo. Ella es la feminidad arquetípica, el origen de toda la vida; ella simboliza todas las fases de la vida cósmica, reuniendo todos los elementos, tanto los celestiales como los infernales: Ella nutre; protege, da calor, contiene en sí y, al mismo tiempo, se contiene en las terribles fuerzas de disolución, devoradora y repartidora de la muerte; ella es la creadora y alimentadora de toda vida y es su tumba”.(Cooper, Encyclopedia, 108)

Los humanos proyectamos este arquetipo en las respectivas madres. Pero cuando el arquetipo no encuentra una madre biológica o sustituta disponible, tiende a personificárselo, convirtiéndolo en un personaje mitológico – por ejemplo – “de cuentos de hadas”; o se lo busca a través de una institución religiosa; o identificándolo con la “Madre Tierra” la Pachamama en regiones cordilleranas de América del Sur; o en la figura de la Virgen María y otras tantas que se prestan para ser depositarias de la Gran Madre arquetípica. Porque, como señala Jung:

La Gran Madre es ante todo un arquetipo […] una imagen interior, eternizada en la Psyché; y para la organización psíquica, a la vez un centro y fermento de unificación. Algo inmutable.

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FUENTES:

  • El arquetipo de la madre”, C. G. Jung.
  • “Manual de Psicología Junguiana” de Antonio Las Heras de Editorial Trama (Buenos Aires).
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3 comentarios en “El Arquetipo de la Gran Madre

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