EL SILENCIO

 

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Nosotros los indios sabemos del silencio. No le tenemos miedo. De hecho, para nosotros es más poderoso que las palabras. Nuestros ancianos fueron educados en las maneras del silencio, y ellos nos transmitieron ese conocimiento a nosotros. 

Observa, escucha, y luego actúa, nos decían. Esa es la manera de vivir. Observa a los animales para ver cómo cuidan a sus crías. Observa a los ancianos para ver cómo se comportan. Observa al hombre blanco para ver qué quiere. Siempre observa primero, con corazón y mente quietos, y entonces aprenderás. Cuando hayas observado lo suficiente, entonces podrás actuar.

Con ustedes es lo contrario. Ustedes aprenden hablando. Premian a los niños que hablan más en la escuela. En sus fiestas todos tratan de hablar. En el trabajo siempre están teniendo reuniones en las que todos interrumpen a todos, y todos hablan cinco, diez o cien veces y le llaman “resolver un problema”. Cuando están en una habitación y hay silencio, se ponen nerviosos. Tienen que llenar el espacio con sonidos. Así que hablan impulsivamente, incluso antes de saber lo que van a decir. A la gente blanca le gusta discutir. Ni siquiera permiten que el otro termine una frase.

Para los indios esto es muy irrespetuoso e incluso muy estúpido. Siempre interrumpen. Si tú comienzas a hablar, yo no voy a interrumpirte. Te escucharé. Quizás deje de escucharte si es desagradable lo que estás diciendo. Pero no voy a interrumpirte cuando termines, tomaré mi decisión sobre lo que dijiste, pero no te diré nada si no estoy de acuerdo, a menos que sea importante por el contrario, simplemente me quedaré callado y me alejaré. Me has dicho lo que necesito saber. No hay nada más que decir. Pero eso no es suficiente para la mayoría de la gente blanca.

La gente debería pensar en sus palabras como si fuesen semillas. Deberían plantarlas, y luego permitirles crecer en silencio. Nuestros ancianos nos enseñaron que la tierra siempre nos está hablando, pero que debemos guardar silencio para escucharla. Existen muchas voces además de las nuestras. Muchas voces “Guarda tu lengua en la en la juventud” dijo el viejo jefe Wabashaw, “y en la madurez quizá madures un pensamiento que sea de utilidad a tu pueblo”.

FUENTE: Ohiyesa/Dr.Charles A. Estman, Dakota santee, 1902


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El bendito silencio me permite sentir la vida.

En este momento de la noche
en que los ruidos del cotidiano se extinguen,
La gente se retira a buscar sus sueños,
tratando de cerrar el caparazón,
Ahora siento el océano mucho mejor.

Todo está tan cerca, mis dedos extendidos lo acarician,
un poco más adelante,
los recuerdos que me sonríen desde las estanterías,
junto con sus compañeros los libros,
siento un poco más allá, al otro lado de la ventana, los olivos,
luego acaricio el sendero que señala la majestuosa montaña,
y me impregna el tacto intemporal de sus agujas de piedra,
en su rol de guardianes de la noche.

El silencio se hace tangible, suave, envolvente, perfumado;
quiere recordarme el mar, al otro lado de la montaña,
mi compañero el Mediterráneo.
Sentir la vida.
Mi piel se esponja para absorber este pedazo de universo,
Levanto las manos y el cuerpo para tocarlo mejor,
el océano es parte de mí y yo de él.
Pequeños espacios del aire se confunden con mi aliento,
el universo y yo somos una misma cosa, junto con todas las cosas

¿Soledad? ¿Qué es eso, niña?
Te esfuerzas por explicármelo,
Pero jamás he sentido nada tan atroz.
Bueno, déjalo, jamás lo entenderé, perdemos el tiempo.
Aléjate de eso, céntrate en sentirte y sentir a tu alrededor.
¿Ves? Es fácil. Inspiras un poco, no hace falta que cierres los ojos,
la sensación es poderosa,
Siente tu piel, adelanta tus dedos hacia El.
Sí, eso es, hacia cualquier parte del aire.
Es el océano donde todo existe.

¿Notas cuánta gente somos?
Eso es, fluye; estás con todos los seres humanos, y te sonríen,
te reconocen. ¿Ya te sientes mejor?
¿Te das cuenta, niña? Ya no volverás a sentirte sola.
El infinito…Todas las cosas están llenas del océano,

Mis dedos, esa lámpara,
esas pequeñas cruces celtas sobre la mesa,
El cristal de la ventana que se hace aire para unirse
al festival de los sentidos de la vida.
El campo, los senderos y la majestuosa Montserrat,
Cuyas agujas inconfundibles se distinguen
en las luces del cielo de la noche,
Saludándonos con sus yelmos de guerreros del mundo antiguo.

Ya estás mejor, niña?
Fíjate, ese trozo de aire que se ha desprendido del techo
y ha bajado a saludarte con una caricia,
¿lo sientes? Nos amaremos otra vez,
Aunque no es necesario tocarme para sentirme.
Siempre estoy aquí, como el océano impregnado de estrellas,
De galaxias, de olivos, de caminos,
de recuerdos siempre presentes.

Juan Trigo

 

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