La Luna y la Rosa – Miguel de Unamuno

La luna y la rosa es uno de los más elegantes poemas escritos por el gran filósofo español Miguel de Unamuno, nacido en Bilbao en el año 1864 y fallecido en Salamanca en 1936. Mayor exponente de la Generación del 98.

Los temas más destacados en su obra están todos relacionados con la existencia del ser humano. Trató temas universales como son la fe y la razón, Dios y la religión, la muerte y el tiempo, entre otros.
El poema de La luna y la rosa es un romance; consta de veintiocho versos octosílabos y rima asonante, y con rima en los versos pares, quedando los impares libres.

Según Gerado Diego «La luna y la rosa», de Romancero del destierro, contiene «toda la emoción de lo cósmico y misterioso y toda la ternura de lo vivido, frágil y efímero»

Con este poema Unamuno está poniendo en relación el cielo y la tierra, atribuyéndole a cada uno elementos que en ellos encontramos: en el cielo está la Luna y en la Tierra la rosa. Consiste en ofrecer una visión global y en conjunto de los diferentes elementos del mundo y de la existencia. El ser humano no es sino el mundo en esta metáfora, y el cielo (tranquilidad y calma) y la tierra (sed y congoja) perfectamente encajan con el binomio de fe y razón. Unamuno analiza con este poema el mundo de un modo muy similar al mundo de Platón, aunque claro está, mucho menos elaborado. No obstante, el poeta sitúa los más loables atributos a lo celestial, a la Luna, y deja ver la necesidad y dependencia de lo terrenal, representado por la rosa. ¿Será la Luna la fe y la rosa la razón sedienta?

En el verso número ocho hace evidente cuál es su religión, pues no sólo nombra a Dios sino que le atribuye una madre, dogma propio del cristianismo. Hemos de destacar los últimos versos (25 – 28). En ellos, logra conciliar fe y razón, mundo celestial con mundo terrenal, al convertir la relación de la Luna y la rosa en algo esencial, unido y complementario.

LA LUNA Y LA ROSA

En el silencio estrellado
la Luna daba a la rosa
y el aroma de la noche
le henchía ?sedienta boca?
el paladar del espíritu,
que adurmiendo su congoja
se abría al cielo nocturno
de Dios y su Madre toda…
Toda cabellos tranquilos,
la Luna, tranquila y sola,
acariciaba a la Tierra
con sus cabellos de rosa
silvestre, blanca, escondida…
La Tierra, desde sus rocas,
exhalaba sus entrañas
fundidas de amor, su aroma…
Entre las zarzas, su nido,
era otra luna la rosa,
toda cabellos cuajados
en la cuna, su corola;
las cabelleras mejidas
de la Luna y de la rosa
y en el crisol de la noche
fundidas en una sola…
En el silencio estrellado
la Luna daba a la rosa
mientras la rosa se daba
a la Luna, quieta y sola.

FUENTE: Diego, Gerardo. «Unamuno, poeta». En Crítica y poesía. Madrid: Júcar, 1984. 213-26.

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