El Martirio de las Brujas: La Inquisición

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GOYA – El aquelarre (Museo Lázaro Galdiano, Madrid, 1797-98)

La caza de brujas en la Europa Moderna, fue un fenómeno que se fue fraguando a lo largo de toda la Edad Media y que hundía sus raíces en los cultos precristianos/paganos.  En torno a los S.XV-XVI, se desarrolló en Europa una fuerte persecución hacia una gran cantidad de mujeres que fueron acusadas de practicar la brujería, tras haber realizado un pacto con el Diablo.

La Inquisición se convirtió en la policía de la Iglesia.

En primer lugar, sería importante dar, aunque sea de forma breve, una definición de los conceptos más importantes: brujería e Inquisición.

  • Según la RAE (Real Academia Española), la brujería es un conjunto de prácticas mágicas o supersticiosas que ejercen los brujos y las brujas.
  • Según Jean-Michel Sallmann (1991), la brujería (durante la Historia Medieval y Moderna) tenía una doble cara. En su forma más benigna, era un poder extraordinario y en su forma más grave, una antirreligión.

El término Inquisición hace referencia a varias instituciones dedicadas a la supresión de la herejía, tanto en el seno de la Iglesia Católica como también en el luteranismo, calvinismo y otras denominaciones protestantes.

La Inquisición medieval fue fundada en 1184 en la zona de Languedoc (sur de Francia) para combatir a la herejía de los cátaros o albigenses, que en 1249 se implantó también en el Reino de Aragón (fue la primera Inquisición estatal) y que en la Edad Moderna, con la unión de Aragón con Castilla, fue extendida a esta con el nombre de Inquisición española (1478-1821), bajo control directo de la monarquía hispánica, cuyo ámbito de acción se extendió después a América, aunque nunca sobre los indígenas de la América española; la Inquisición portuguesa (1536-1821) y la Inquisición romana (1542-1965).

La “creencia en brujas” era una creencia tradicional, de raíces mágico-paganas y no cristianas, combatida con anterioridad y declarada “mera superchería”, que expresaba un sentimiento de dependencia directa de la naturaleza en el contexto de la vida cotidiana de una sociedad fundamentalmente agraria. Si bien la creencia en la brujería es un viejo fenómeno universal, recién es con el cristianismo que se comienza a perseguir las artes de las brujas como algo maligno y aparece la brujería demoníaca. Hasta ese momento los magos, nigromantes y brujos habían existido en toda Europa, Asia y África sin ser perseguidos.

La creencia en brujas junto con la magia y la astrología conformaban de este modo un universo de poderes superiores con la capacidad de intervenir en la vida humana y dar explicación a los sucesos y acontecimientos inexplicables, reconduciendo así los desajustes provocados por las adversidades más corrientes y cotidianas.

Recién con el cristianismo aparece el concepto de brujería como herejía religiosa ligado principalmente a las mujeres y el mago (magus) va dejando lugar al brujo (maleficus), con lo que el combate contra la magia se convierte en sinónimo de lucha contra el paganismo.
El Código Teodosiano promulga, por primera vez, una ley en contra del ejercicio de la magia, en 429. En 534, el segundo Código de Justiniano prohíbe consultar a los astrólogos y adivinos por ser una «profesión depravada». El Concilio de Ancira o Concilio de Elvira, en 306, declara que matar a través de un conjuro es un pecado y la obra del demonio. El Concilio de Laodicea solicita, en 360, la excomunión de todo aquel que practique la brujería o la magia.

De esta forma, poco a poco, en  la Edad Media el cristianismo fue trazando una imagen del mundo que se dividía en dos (Speculum Majus  de Vicente de Beauvais), una parte cristiana/superior y otra parte pagana/inferior en la que se encontraban las brujas, hechiceros, las costumbres paganas y el demonio.

Las primeras condenas de brujos y brujas se realizan en el siglo XIII, con la aparición de la Inquisición, cuya actividad principal no es contra la brujería, sino contra la herejía.  En las instrucciones del Papa Alejandro IV del 20 de enero de 1260 a los inquisidores, las brujas no debían ser perseguidas de forma activa, sino sólo bajo denuncia. El motivo es que cualquiera podía denunciar a su vecino por cualquier motivo y las denuncias eran algo cotidiano. La lucha contra las brujas se confunde con la lucha contra el paganismo y las herejías.

El Papa Juan XXII en 1326, autorizó la persecución de brujas en la forma de herejía.  El papa Juan XXII —que vivía en continuo temor de ser asesinado por secretas sectas diabólicas, lo que le llevó a torturar y mandar a la hoguera al obispo de su ciudad natal y a su médico de cámara—consulta a los teólogos y promulga la bula Super illius specula de 1326 que decreta la realidad de los hechos y crímenes que se atribuían a las brujas, lo que suponía equiparar la brujería a la herejía.  Así, a partir de entonces las prácticas mágicas son consideradas:

“un gran peligro para el género humano al desafiar los lazos de obediencia, al suscitar la rebelión, convirtiéndose también, como la herejía, en un crimen de lesa majestad humana y divina, justificando el procedimiento más duro, más excepcional, puesto que es la majestad misma la que aparece amenazada por este crimen atroz”.

Chiffoleau, Jacques (2005). «Pourquoi on a brûlé les sorcières». Les Collections de L’Histoire 

A mediados del siglo XV, época de crisis del sistema feudal y de agitación por parte de las clases populares, fue cuando se dieron los primeros juicios por brujería en Europa.  La obsesión con los demonios empezó a alcanzar un crescendo cuando, en su bula “Summis Desideratis Affectibus” de 1484, el papa Inocencio VIII declaró:

Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos, íncubos y súcubos, y que, mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres.

Esta bula papal contra la brujería redactada por Heinrich Institoris en 1484 y firmada por el Papa Inocencio VIII, la Summis desiderantes, sólo tuvo una influencia duradera en los territorios católicos, pero fue apoyada y aceptada por las demás iglesias occidentales: luteranos, reformados, anglicanos y puritanos. Sólo las iglesias orientales no participaron en la caza de brujas.

Más adelante, Sixto V en 1585 publicó la bula “Coeli et Terrae” en la cual se ampliaba el campo de la brujería, incluyendo en ella a los alquimistas y astrólogos.

Se atribuía a los acusados de brujería un pacto con el diablo. Se creía que al concluir el pacto, el Diablo marcaba el cuerpo del brujo o bruja, y que una inspección detenida del mismo podía permitir su identificación como hechicera.​ Mediante el pacto, la bruja o brujo se comprometía a rendir culto al Diablo a cambio de la adquisición de algunos poderes sobrenaturales. Entre estos poderes estaba, lógicamente, la capacidad de causar maleficios de diferentes tipos, que podían afectar tanto a las personas como a elementos de la naturaleza; en numerosas ocasiones, junto a estos supuestos poderes se consideraba también a las brujas capaces de volar (en palos, animales, demonios o con ayuda de ungüentos), e incluso el de transformarse en animales (preferentemente lobos). No todos los teólogos de la época creyeron en la realidad física de los vuelos y metamorfosis de brujas y brujos: algunos los atribuían a ilusiones o ensueños inducidos por el Diablo.

La bruja, se configuró como  el símbolo de todo mal  y se convirtió en un agente de gran peligrosidad que había que  perseguir y erradicar de la sociedad a través de la violencia. Las brujas eran acusadas de ser responsables de la peste negra, las epidemias, plagas, las sequias, o cualquier otra desventura; de tener poder, además, de causar desgracias a personas concretas a través de filtros o pócimas, invocaciones, provocando con su poder mágico la muerte;  se consideraba que se podían transformar en animales, realizar vuelos noturnos, hacerse invisibles, acceder a cualquier lugar por lejano y seguro que fuera. Para realizar sus atrocidades se reunían, generalmente por la noche, en aquelarres, reuniones orgiásticas en las que se daba rienda suelta a todo tipo de abominaciones  y que tenían como invitado de honor al propio demonio, representado por un macho cabrío, con el que se suponía las brujas sostenían cópula carnal.

Se quemaron mujeres acusadas de provocar la lluvia, originar tempestades, de trasformarse en animales (sobre todo en lobos), ocasionar enfermedades o hacer naufragar barcos, entre otros cargos igualmente ilógicos

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Escena de la Inquisición : Brujas en la hoguera. Grabado medieval mostrando dos hombres atizando una hoguera sobre la cual arden tres mujeres (una de ella es tomada por un dragón que sale de una nube).

La Caza de Brujas

Durante los siglos XVI y XVII, miles de mujeres fueron perseguidas en Europa y América acusadas de practicar la brujería.

Después de haber vacilado en decretar la realidad de la brujería, la Iglesia Católica del siglo XV decidió publicar la bula apostólica Summis desiderantes affectibus en 1484, seguido de un manual demonológico, Malleus maleficarum (expresión del latín que significa Martillo de las brujas), escrito por dos inquisidores domínicos, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger.

Algunos autores sostienen que el Papa no podía saber lo que Kramer y Sprenger iban a decir en el Malleus Maleficarum y que solo había publicado la bula para manifestar que compartía su inquietud por el problema de las brujas. Sin embargo, la posición de la Iglesia con respecto a las brujas agravó la crisis de las persecuciones y le dio su cariz particular incrementando el odio hacia las mujeres, además de encubrir las masacres.

Finalmente, todo ello provocó una  ola de acusaciones  y persecuciones por toda Europa que predominaron especialmente en  territorios con conflictos sociales y religiosos como Alemania, Suiza, Francia e Inglaterra. De hecho, se estima que la caza de brujas llevo a cabo en torno a unas 200.000 ejecuciones de inocentes.

Estas víctimas, fueron condenadas por crímenes imaginarios que tenía su autentica realidad en conflictos vecinales/locales  y que acabaron desembocando en acusaciones anónimas por simples sospechas, sin necesidad de aportar pruebas. Después de ser acusadas, eran detenidas e interrogadas por la Inquisición mediante  presiones y torturas (potro, gancho…). Por lo que, terminaban confesando su culpabilidad y ejecutadas en la hoguera o en la horca. “…Ana María de Georgel dice que una mañana, estando lavando sola lavando la ropa de su familia, muy cerca de Pech-David, sobre la villa, vio que venía hacia ella por encima del agua un hombre de talla gigantesca, de muy negra piel, cuyos ojos ardientes semejaban a carbones encendidos. Este monstruo le preguntó si quería darse a él, a lo que ella respondió que sí…”

Para desenmascarar a las brujas, aparecieron los “conocedores de brujas”, profesionales que a través de ardides y pruebas eran capaces de desenmascarar a las brujas. Uno de los procedimientos más curiosos era la prueba del soplo: aquellas personas a las que era capaz de soplar con más intensidad, resultaban brujas. Todas rezaban para que tosiera durante la prueba. Otros métodos eran buscar puntos insensibles en la piel, marcas en el cuerpo o en los ojos,

Un medio horrible y despiadado de saber a ciencia cierta si una mujer era una bruja, consistía en tirarla al agua con las manos y los pies atados, para así dificultar el nado. Como en teoría, una bruja era más liviana que el agua, si flotaba y no se ahogaba era rápidamente rescatada y quemada viva, mientras que si por el contrario la mujer se ahogaba, ello era prueba que había muerto inocente.

Hans Peter Duerr, profesor de etnología de origen alemán, en su obra Nudité et pudeur: Le mythe du processus de civilisation, estima que esta práctica tan chocante por la exhibición y la crueldad que provocaba, fue afortunadamente poco utilizada. Sin embargo, varios textos y dibujos reflejan que el procedimiento señalado se aplicó al menos varias decenas de años durante la Edad Media.

Es muy probable que en la mayoría de las víctimas, las acusaciones respondieran únicamente al hecho de haber sido delatadas por otros procesados sometidos a tortura, o a la reacción de la comunidad ante un hecho aparentemente inexplicable

El número de personas  condenadas la hoguera bajo este cargo en el s. XVII, sólo en Alemania, ha sido caculado en 100.000 personas. Para el mismo periodo, en Inglaterra  fueron alrededor de 50.000.  Frente a lo que se cree popularmente, no fue la inquisición española la que más hogueras prendió, sino la francesa. Y tampoco fueron los cristianos los más perseguidores, sino los protestantes. De hecho, lo que podría considerarse como la auténtica caza de brujas no se haría masiva hasta el siglo XVI, con la llegada de la Reforma protestante y la Contrarreforma.

Lutero era un claro partidario de la pena de muerte para la magia negra, con un fuerte acento misógino. En su prédica del 6 de mayo de 1526, Lutero afirma cinco veces «deben ser ajusticiadas».

La afirmación del Antiguo Testamento «los brujos no deberás dejar con vida» tenía toda validez para Lutero. La cuestión está clara en su prédica del 6 de mayo de 1526 sobre la frase en la que muestra su profundo rechazo al mal de la brujería y justifica el implacable enjuiciamiento de las mujeres sospechosas:

Es una ley muy justa que las brujas sean muertas, porque producen muchos daños, lo que ha sido ignorado hasta el presente, pueden robar leche, mantequilla y todo de una casa… Pueden encantar a niños… También pueden generar misteriosas enfermedades en la rodilla, que el cuerpo se consuma… Daños los producen al cuerpo y alma, dan pociones y encantamientos, para generar odio, amor, tormentas y destrozos en las casas, en el campo, que nadie puede curar… Las magas deben ser ajusticiadas, porque son ladronas, rompedoras de matrimonios, bandidos, asesinas… Dañan de muchas formas. Así que deben ser ajusticiadas, no sólo por los daños, sino también porque tratan con Satanás

La brujería está ligada a la revolución de la imprenta. Hubo una efusión de símbolos asociados a la brujería brutalmente misóginos, mientras que los artistas aprovechaban la invención de la imprenta para diseminar el material rápida y ampliamente.

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El Martirio de las brujas» o «Malleus Maleficarum».

El Martirio de las brujas» o «Malleus Maleficarum»

El efecto de esta obra en la caza de brujas es bastante discutido.

Este libro, escrito a finales del siglo XV, fue best-seller durante siglos y mandó a muchísima gente a la hoguera. El interés del Martillo de las brujas reside en la síntesis de una variedad de creencias sobre las brujas, las que allí se presentan con formato de tratado o compendio bien estructurado y completo, brindando así un soporte teológico a los ideales y a las ideas que de esta forma se pretendían promover. No obstante lo señalado, este escrito, si bien se difundió ampliamente en la época, claramente no originó un aumento inmediato del número de procesos, aunque muy posiblemente sensibilizó a los jueces respecto de los crímenes de brujería. Unos 30 000 ejemplares de este manual se pusieron en circulación hasta su última edición en el año 1669, y también otros varios tratados sobre las brujas y la brujería, fueron paralelamente publicados.

El Malleus Maleficarum contenía historias fantásticas tomadas de la tradición popular, así como argumentos teológicos y legales en su contra. Además, ofrecía pautas para la identificación y eliminación de brujas.  El martillo de las brujas ha sido calificada “la obra más despiadada […], la más perjudicial de la literatura universal”. Colaboró en crear el caldo de cultivo apropiado para perseguir a miles de personas en su mayoría mujeres, brujos y brujas, hechiceras y hechiceros, curanderos y curanderas, parteras y médicas hasta el siglo XVII.

En el Malleus Maleficarum se presentan tres partes

  1. Descripción de como cooperan el Diablo y sus brujas para perpetrar males en hombres y animales, tentarles con incubos y sucubos, e inculcar el odio.
  2. Descripción del pacto que las brujas hacen con Satán, ya que los humanos no tienen poder para hacer magia, y tal energia les es dada por el Maligno, de como las brujas renuncian al cristo, a su bautismo y dan su alma a Satán a cambio de sus poderes, acto considerado blasfemo y una traición a Dios. Estas evidencias fueron recopiladas básicamente por los autores en sus interrogatorios como Inquisidores.
  3. Describe los procesos legales para los juicios por brujeria, incluye las reglas para tomar testimonios, la admisión de pruebas, metodos de tortura y pautas para la condena.

Lo que el Malleus Maleficarum venía a decir, prácticamente, era que:

  1. Si a una mujer la acusan de brujería, es que es bruja.
  2. La tortura es un medio infalible para demostrar la validez de la acusación.
  3. El acusado no tiene derechos. No tiene oportunidad de enfrentarse a los acusadores. Se presta poca atención a la posibilidad de que las acusaciones puedan hacerse con propósitos impíos: celos, por ejemplo, o venganza, o la avaricia de los Inquisidores que rutinariamente confiscaban las propiedades de los acusados para su propio uso y disfrute.

Como manual técnico para torturadores;

  • Incluye métodos de castigo diseñados para liberar los demonios del cuerpo de la víctima antes de que el proceso la mate.
  • Ideó un refinado sistema de preguntas desconcertantes y dio instrucciones a los futuros inquisidores y jueces sobre cómo deberían insinuarse en la confianza del acusado y prometerle clemencia, para llevarlo más fácilmente a una confesión. En su obra enseñaba la manera de confundir a las víctimas en interrogatorios contradictorios y llevarlas de esta suerte a manifestaciones imprudentes, de las que fácilmente podrían salir nuevas inculpaciones de otras brujas.

El «Malleus Maleficarum» contiene una pauta de interrogatorio, dice exactamente al inquisidor qué debía. Por ejemplo, siempre preguntaban a la mujer «¿has estado con un macho cabrío?» y la torturaban hasta que decía que sí. Por eso es tan parecido el proceso de Zugarramurdi al de Dinarmarca, por eso todas las brujas de Europa poseen los mismos poderes. Se trataba de respuestas inducidas.

La caza de brujas fue una campaña organizada, cuya fuente principal de inspiración fue el Malleus Maleficarum durante trescientos años, tanto para católicos como para protestantes.

Durante el siglo XV la Inquisición se dedicó a quemar más herejes que brujas y cuando los Estados feudales se organizaron como monarquías independientes del Papa, el poder punitivo se trasladó de la Inquisición a los jueces laicos de estas monarquías, quienes continuaron la tarea de la Iglesia de quemar brujas hasta el siglo XVIII, teniendo como libro de bolsillo al Malleus Maleficarum.

El Demonomanie (1580)

Uno de los más famosos discípulos del Malleus Maleficarum fue el jurista y filósofo francés Jean Bodin (1529-96), tal vez el primero en formular una definición «legal» de la bruja —«alguien que, conociendo la ley de Dios, trata de hacer algo mediante un pacto con el diablo»— y hombre monstruosamente eficiente en la persecución de las sospechosas de hechicería.

En su afán de lograr confesiones, torturaba personalmente a niños e inválidos, y protestó de que se quemase a las brujas por ser esa una muerte demasiado rápida, ya que “apenas duraba media hora”. En algunos casos se utilizaba leña verde para que el tormento durara más tiempo.

En 1580, al final de su vida, Bodin escribió una obra propia, De La Demonomanie des sorciers,  todavía más dura y capciosa que el Malleus Maleficarum, que fue bien recibida y muy leída.

El delito de brujería tomó su forma definitiva en Francia gracias fundamentalmente a la obra de Jean Bodin De Demonomanie des Sorciers editada en París en 1580 y en la que se determina que los brujos y brujas son culpables de quince crímenes: renegar de Dios; maldecir de Él y blasfemar; hacer homenaje al Demonio, adorándole y sacrificando en su honor; dedicarle los hijos; matarlos antes de que reciban el bautismo; consagrarlos a Satanás en el vientre de sus madres; hacer propaganda de la secta; jurar en nombre del Diablo en signo de honor; cometer incesto; matar a sus semejantes y a los niños pequeños para hacer cocimiento; comer carne humana y beber sangre, desenterrando a los muertos; matar, por medio de venenos y sortilegios; matar ganado; causar la esterilidad en los campos y el hambre en los países; tener cópula carnal con el Demonio

Gran importancia tuvo también el Tractatus de Hereticis et Sortilegiis, publicado en 1524 por Paulus Grillandus. Era un tratado en el que compendia las leyes civiles y eclesiásticas sobre la brujería y da noticia de la caza de brujas llevada a cabo en el Languedoc donde en el año 1577 fueron quemados cuatrocientos brujos y brujas.

Pero los que acabaron de perfilar el delito de brujería fueron tres jueces civiles. El primero, Nicolas Rémy, publicó en Lyon en 1595 su experiencia como magistrado en el ducado de Lorena que durante los quince años que actuó allí, entre 1576 y 1591, mandó quemar a unas novecientas personas, acusadas de ser brujos o brujas. El segundo fue Henri Boguet, “gran juez de la ciudad de Saint Claude”, que escribió un libro en 1602 en el que cuenta su actuación en la zona del Jura, y en el que describía cómo descubría a los brujos buscando señales características en sus cuerpos o en sus cabezas, que mandaba rapar, y a los que no dudaba en aplicar la torturapara que confesaran. El tercer juez fue Pierre de Lancre que mandó quemar a unas ochenta brujas en el país del Labourd, en el país vasco francés, y cuya actuación tuvo sus consecuencias al otro lado de la frontera con el famoso proceso de las brujas de Zugarramurdi, y que también publicó su experiencia en dos libros muy famosos

Historiadores e investigadores estiman hoy día que el número de víctimas se situó entre 50.000 y 100.000, contando tanto los condenados a la hoguera por los tribunales de la Inquisición como los condenados por la Reforma.​ Obviamente, nos estamos refiriendo a un número elevado de afectados en proporción a la población europea de la época. Y entre estos condenados a muerte, se estima que alrededor del 80 % de las víctimas fueron mujeres. El 20 % restante eran hombres, la mayoría catalogados como « errantes» (pobres y vagabundos,  nómadas,  judíos  y  homosexuales).

En 1631, Friedrich Spee, sacerdote jesuita que había acompañado a muchas “brujas” a la hoguera, escribió que, en su opinión, todas eran inocentes. Advirtió que si no se detenían las cacerías, Alemania se quedaría sin habitantes. Por su lado, los médicos empezaron a reconocer que los ataques epilépticos y problemas similares se debían a enfermedades, no a posesiones demoníacas.

No fue sino hasta 1657, cuando ya habían muerto miles de personas, que la Iglesia condenó las persecuciones, en la Bula Proformandis.

Con la Ilustración desaparece la obsesión por la brujería y en el siglo XVIII tienen lugar las últimas sentencias en las que alguna mujer es condenada por bruja. En Inglaterra y en Escocia en 1722, en Francia en 1746, en Alemania en 1775, en Suiza en 1782 y en Polonia en 1793

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Las brujas tienen una gran importancia en el folclore de muchas culturas, y forman parte de la cultura popular

FINALMENTE

En el siglo XX, se ha hecho un nuevo intento en la comprensión de la brujería.

Un punto de inflexión en particular se produjo a principios del siglo XX, cuando el egiptólogo Margaret Murray argumentó en The Witch-Cult en Europa occidental (1926) que los conjuntos descritos por el testimonio revelado ningún acusado rituales reales y la brujería es una religión antigua, un culto precristiano de la fertilidad que los jueces reducen a una perversión diabólica.

Hasta bien entrado el siglo XIX, se solía identificar la brujería con la adoración al diablo, y como tal fue perseguida por la Iglesia. No obstante, hoy numerosos antropólogos la conectan, más bien, con las reminiscencias de las prácticas mágicas y los antiguos cultos paganos, especialmente los relacionados con la naturaleza, que se extendían por Europa antes de que el cristianismo ocupara su lugar.

Señor, Dios de todos los hombres, en algunas épocas de la historia los cristianos a veces han transigido con métodos de intolerancia y no han seguido el gran mandamientos del amor, desfigurando así el rostro de la Iglesia, tu Esposa.

Ten misericordia de tus hijos pecadores y acepta nuestro propósito de buscar y promover la verdad en la dulzura de la caridad, conscientes de que la verdad sólo se impone con la fuerza de la verdad misma.

Con esta oración, Juan Pablo II (antecesor de Benedicto XVI, actual pontífice) pide perdón por los desmanes cometidos por la Iglesia.

Sabe a poco.


Próximamente la tercera entrega: 

El Martirio de las Brujas en la Península  Ibérica


FUENTES  Y PARA SABER MAS:

  • Wikipedia
  • Levack, B. P. La caza de brujas en la Europa Moderna. Alianza Universidad, 1995.
  • Brujería e inquisición en el Alto Aragón en la primera mitad del siglo XVII. Ángel Gari Lacruz. Delsan, Zaragoza, 2007.
  • A la Luz de los prodigios. Almas, demonios y seres evanescentes… Gonzalo Gil González. Miraguano, 2011.
  • «Las brujas de Zugarramurdi». Historia NG, núm. 98.
  • McGrinder, M. The Confessions of Isobel Gowdie. CreateSpace, 2016.
  • Michelet, J. La bruja: un estudio de las supersticiones en la Edad Media. Ediciones Akal, 2004.
  • Wilby, E. Visions of Isobel Gowdie: Magic, Witchcraft and Shamanism in Seventheenth-Century Scotland. Sussex Academic Press, 2010.
  • VVAA. Espejo de brujas. Mujeres transgresoras a través de la Historia. Abada Editores, 2012.
  • Bueno Domínguez, Mª.L., “La brujería: los maleficios contra los hombres”. Clío& Crimen, 8, 2011,
  • Caro Baroja, J., Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid 1993.
  • https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/brujas_9277/6
  • https://blogs.ua.es/brujeriainquisicion/

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