Los Betilos, las Piedras Vivas, las Piedras Sagradas.

Betilos
Betilo = Piedra Sagrada. Palabra proveniente del término hebreo Beth-El: Morada de Dios o Recuerdo de los Dioses.

Las piedras para el hombre primitivo eran símbolo de perennidad, invariabilidad, inmovilidad, unidad, energía y fuerza. Han sido adoradas por la sacralidad que contenían debido a su forma, origen o tamaño; concediéndoles tanto un significado mágico como religioso. Cuando se habla del «culto de las piedras», que fue común a tantos pueblos antiguos, hay que comprender que este culto no se dirigía a las piedras, sino a la divinidad o espíritu de la que ellas eran la residencia.

Según la concepción oficial, el betilo es una piedra sin labrar o toscamente tallada, muchas veces caídas del cielo (hoy llamadas aerolitos), aunque no todas ellas tienen ese origen y a la que se le rendía culto como representación de una energia espiritual o una divinidad.

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Las Sorginas, sacerdotisas de Mari

"Sorginetxe" ("casa de la bruja") es un monumento funerario mgalítico construido aproximadamente en el 2.500 a.C. (neolítico), se encuentra en Arritzala (Álava).
“Sorginetxe” (“casa de la bruja”) es un monumento funerario mgalítico construido aproximadamente en el 2.500 a.C. (neolítico), se encuentra en Arritzala (Álava).

Las sacerdotisas, asistentes de de la diosa Mari son las sorginas. Antiguamente para los vascos sorgin significaba “hacedora de creaciones, hacedora de nacimientos” de las palabras sortu (“crear, nacer”) y el sufijo –gin (“hacedor/a”). Eran las encargadas de los santuarios de la diosa ( como “Sorginetxe”), las encargadas de sanar a través del conocimiento de las hierbas y de traer al mundo a los niños, ejercían, por tanto, de matronas. Las sorginas irradiaban el “Adur” (adúr), la energía que mueve el cosmos, a los niños que traían al mundo dándoles la vida. Uniéndolos a través de la irradiación del “Adur” a la diosa Mari, a la madre tierra, de la que provienen todos los seres o, como se decía en la antigua religión: “izena daukan guztia” ( “todo lo que tiene nombre, vive”).

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Se llamaba Esperanza

b66a5-manosLas abuelas eran un refugio en mi niñez cuando mi animo decaía. Eran mujeres sabias, sabias en conceptos que hoy no valoramos como es debido. Mis antepasados provenían de una estirpe de hombres y mujeres del bosque mediterráneo, y su cultura era en este sentido. Sabían extraer a la naturaleza lo que necesitaban para vivir. Conocían las hierbas, las plantas, las setas, los animales y la completa geografía del entorno en que vivían, desde las bajas montañas de las Gavarres hasta los altos Pirineos, este conocimiento de caminos a pie incluía la frontera de Gerona con Francia. Era su tierra natal.